—¿Los amores de los hombres? —repitió Salambó, soñadora.
—Ella es el alma de Cartago; bien está en todas partes, habita aquí bajo el velo sagrado.
—¡Oh, padre! —exclamó Salambó—, yo le veré, ¿no es verdad? Tú me llevarás. Desde hace tiempo la curiosidad de verle me devora. ¡Piedad! ¡Socórreme! ¡Vamos!
Él la rechazó con gesto vehemente y lleno de orgullo.
—¡Jamás! ¿No sabes que produce la muerte? Los Baales hermafroditas no se descubren más que a nosotros solos, hombres por el espíritu, mujeres por la debilidad. Tu deseo es un sacrilegio; conténtate con la ciencia que posees.
Cayó ella de rodillas, poniendo dos dedos en sus orejas, en señal de arrepentimiento; gemía, anonadada por las palabras del sacerdote, llena a la vez de enojo contra él, de terror y de humillación. Él la miraba de arriba abajo, temblando a sus pies, más insensible que las piedras de la terraza, sintiendo una especie de alegría viéndola sufrir por su divinidad, que tampoco él podía conocer del todo. Ya los pájaros cantaban; soplaba el viento frío, y unas nubecillas corrían en el cielo pálido.
De pronto, el sacerdote vio en el horizonte, detrás de Túnez, como ligeras nieblas que se arrastraban y obscurecían el sol; luego se alzó una gran cortina de polvo gris, perpendicularmente extendida; y en los torbellinos de esta masa numerosa se advirtieron cabezas de dromedarios, lanzas y escudos. Era el ejército de los bárbaros que venía sobre Cartago.
IV
BAJO LAS MURALLAS DE CARTAGO
Huyendo del ejército iban llegando a la ciudad los aldeanos montados en asnos o corriendo a pie despavoridos y sin aliento. La soldadesca había hecho en tres días la jornada de Sicca a Cartago, con propósito de exterminarlo todo.