Se cerraron las puertas casi al tiempo que llegaban los bárbaros, quienes hicieron alto en medio del istmo, a orillas del lago.
Por de pronto, no se manifestaron hostiles. Muchos se acercaban con palmas en la mano; pero fueron rechazados a flechazos: ¡tal era el terror que inspiraban!
Por la mañana y a la caída de la tarde, los merodeadores vagaban algunas veces a lo largo de los muros. Sobresalía entre ellos un hombre pequeño, envuelto cuidadosamente en su manto y con la cara tapada por una visera muy baja. Pasaba horas enteras mirando el acueducto, con tal persistencia, que sin duda quería engañar a los cartagineses acerca de sus verdaderos designios. Le acompañaba otro hombre, especie de gigante, con la cabeza destocada.
Cartago estaba defendida en toda la longitud del istmo; en primer lugar, por un foso, luego por un glacis de césped, y en último término por una muralla, de treinta codos de alto, con piedras de sillería y doble piso. Tenía cuadras para trescientos elefantes, con almacenes para sus caparazones, maniotas y alimentos; más otras cuadras para cuatro mil caballos con las provisiones de cebada y los arneses; y cuarteles para veinte mil soldados con las armaduras y todo el material de guerra. Las torres se levantaban en el segundo piso, provistas de almenas, y a la parte de afuera había escudos de bronce, colgados de garitos.
Esta primera línea de murallas defendía en primer lugar a Malqua, barrio de la gente de la marina y de los tintoreros. Veíanse los mástiles en que se secaban las velas de púrpura; y sobre las últimas azoteas los hornos de arcilla para cocer la salmuera.
Hacia atrás, la ciudad desplegaba en anfiteatro sus altas casas de forma cúbica. Eran de piedra, o de tablas, de guijarros, de cañas, de conchas y de barro apisonado. Los bosques de los templos formaban como lagos de verdura en esta montaña de bloques diversamente coloreados. Las plazas públicas estaban niveladas a distancias desiguales; innumerables callejuelas se entrecruzaban, cortándolas en sentido longitudinal. Se veían los recintos de tres viejos barrios, ahora confundidos, destacándose como grandes escollos, en los que se alargaban enormes lienzos, medio cubiertos de flores, ennegrecidos, anchamente rayados por el arrojo de las inmundicias, pasando las calles por sus amplias aberturas, como ríos bajo puentes.
La colina de la Acrópolis, en el centro de Byrsa, desaparecía bajo un desorden de monumentos: templos de columnas en espiral, con capiteles de bronce y cadenas de metal, conos de piedra con franjas de azur, cúpulas de cobre, arquitrabes de mármol, contrafuertes babilónicos y obeliscos en punta, como antorchas invertidas. Los peristilos llegaban a los frontispicios; las volutas se desplegaban entre las columnatas; las murallas de granito soportaban tejados de ladrillo; todo esto, encima una cosa de otra, ocultándose a medias, de un modo maravilloso e incomprensible. Se sentía la sucesión de las edades y como el recuerdo de patrias olvidadas.
Detrás de la Acrópolis, en tierras rojizas, el camino de los Mapales, cercado de tumbas, se alargaba en línea recta, desde la ribera a las catacumbas; seguían luego anchas quintas entre jardines; y este tercer barrio, Megara, la ciudad nueva, llegaba hasta los cantiles de la costa, en la que se erguía un faro gigante que resplandecía todas las noches.
Así se desplegaba Cartago ante los soldados acampados en la llanura.
De lejos divisaban los mercados, las esquinas de las calles, y discutían sobre el emplazamiento de los templos. El de Kamón, enfrente de los Sisitas, con tejas de oro; Melkart, a la izquierda de Eschmún, tenía en su techumbre ramas de coral; más allá, Tanit redondeaba entre palmeras su cúpula de cobre; el negro Moloch estaba debajo de las cisternas del lado del faro. En el ángulo de los frontispicios, encima de las murallas, en los rincones de las plazas, en todas partes, se veían divinidades de cabeza horrible, colosales o ventrudas, con vientres enormes o desmesuradamente aplanados, con las fauces abiertas, separados los brazos y en las manos horcas, cadenas o jabalinas. El azul del mar, destacándose en el fondo de las calles, parecía hacer a estas, por un efecto de perspectiva, más escarpadas.