Un pueblo tumultuoso las llenaba de día y noche; los mancebos, agitando campanillas, gritaban a la puerta de los baños; humeaban las tiendas de bebidas calientes; el aire resonaba con la batahola de los yunques; los gallos blancos, consagrados al sol, cantaban en los terrados; mugían en los templos los bueyes destinados al sacrificio; corrían los esclavos con canastillos en la cabeza; y en el atrio de los pórticos aparecía alguno que otro sacerdote vestido con sombrío manto, desnudos los pies, con el gorro puntiagudo.
Este espectáculo de Cartago irritaba a los bárbaros. La admiraban y la execraban; querían a un tiempo destruirla y vivir en ella. Pero ¿qué había en el puerto militar, defendido por una triple muralla? Detrás de la ciudad, en el fondo de Megara, a mayor altura que la Acrópolis, aparecía el palacio de Amílcar.
A cada instante, los ojos de Matho miraban a él. Se subía a los olivos y se doblaba con la mano extendida sobre las cejas. Los jardines se hallaban dentro y la puerta roja, de cruz negra, estaba siempre cerrada.
Más de veinte veces dio la vuelta a las fortificaciones, buscando alguna brecha para entrar. Una noche se echó al golfo y durante tres horas nadó sin descansar. Llegó al final de los Mapales y quiso trepar por el acantilado. Se ensangrentó las rodillas, se rompió las uñas y luego cayó en el agua y se volvió.
Le exasperaba su impotencia. Tenía celos de esa Cartago que guardada a Salambó, como de alguien que la hubiera poseído. A su enervamiento sucedió una acción loca y continuada. Con las mejillas encendidas, los ojos irritados y ronca la voz, se paseaba con paso rápido, a campo traviesa; o bien, sentado en la ribera, frotaba con arena su espadón. Tiraba flechas a los buitres. Su corazón se desbordaba en palabras furiosas.
—Deja correr tu cólera como un carro que rueda —le decía Espendio—. Grita, blasfema, destruye y mata. El dolor se aplaca con sangre, y, ya que no puedes saciar tu amor, alimenta tu odio; este te sostendrá.
Matho volvió a tomar el mando de sus soldados. Les hacía maniobrar implacablemente. Se le respetaba por su valor y, sobre todo, por su fuerza. Además, inspiraba como un temor místico; se creía que de noche hablaba con fantasmas. Los demás capitanes se animaron con su ejemplo, y pronto el ejército se disciplinó. Los cartagineses oían desde sus casas la música de las bocinas que dirigían las maniobras. Por fin, los bárbaros se acercaron.
Para aplastarlos en el istmo se habrían necesitado dos ejércitos que pudieran atacarlos a la vez por atrás y por delante, uno desembarcando en el golfo de Útica y el segundo bajando por la montaña de las Aguas Calientes. ¿Pero qué hacer con solo la Legión sagrada, fuerte, a lo más, de seis mil hombres? Del lado de Oriente, los sitiadores podían juntarse con los númidas e interceptar el camino de Cirene y el comercio del desierto; si se replegaban al Occidente, se levantaría la Numidia. Finalmente, la falta de víveres les haría devastar, tarde o temprano, como la langosta, las campiñas vecinas. Los ricos temblaban por sus hermosas granjas, por sus viñedos y sus cultivos.
Hannón propuso medidas atroces e impracticables, tal como prometer una fuerte suma por cada cabeza de bárbaro, o que con barcos y con máquinas se incendiara su campamento. Por el contrario, su colega Giscón quería que se les pagara; pero a causa de su popularidad, los Ancianos le detestaban, porque temían que el azar les diera un amo, y por temor a la monarquía se esforzaban en atenuar lo que subsistía de ella o la podía restablecer.
Fuera de las fortificaciones había gente de otra raza y de origen desconocido: cazadores de puercoespines, comedores de moluscos y de serpientes. Iban a las cavernas a coger hienas vivas, con las que se divertían haciéndolas correr por la tarde por las arenas de Megara, por entre las ringleras de sepulcros. Sus cabañas de barro y algas estaban junto a los cantiles de la costa, como nidos de golondrinas. Allí vivían sin Gobiernos y sin dioses, todos mezclados, completamente desnudos; a un tiempo débiles y feroces, y desde muchos siglos execrados por el pueblo a causa de sus inmundos alimentos. Una mañana advirtieron los centinelas que todos se habían ido.