Por fin, los miembros del Gran Consejo tomaron una resolución. Fueron al campamento sin collares ni cinturones y en sandalias, como particulares. Andaban con paso tranquilo, saludando a los capitanes o bien parándose a hablar con los soldados, asegurando que todo estaba arreglado y que harían justicia a sus reclamaciones.
Muchos de estos consejeros visitaban por primera vez un campo de mercenarios. En vez de la confusión que se imaginaban, admiraron en todas partes un orden y un silencio espantosos. Un fortín de tierra encerraba al ejército en una alta muralla, inquebrantable al choque de las catapultas. El suelo de las calles estaba rociado con agua fresca; por los agujeros de las tiendas se advertían pupilas salvajes que brillaban en la sombra. Los haces de picas y las panoplias suspendidas los deslumbraban como espejos. Se hablaba en voz baja; temían volcar algo con sus largas togas.
Los soldados pidieron víveres, comprometiéndose a pagarlos con el dinero que se les debía.
Se les envió bueyes, carneros, gallinas, frutas secas y altramuces, más cohombros ahumados; esos excelentes cohombros que Cartago exportaba al extranjero; pero giraban desdeñosamente alrededor de los magníficos animales, y denigrando lo que deseaban, ofrecían por un carnero el valor de un pichón, por tres cabras el precio de una granada. Los comedores de cosas inmundas, haciendo de árbitros, les decían que los engañaban. Entonces echaban mano a la espada y amenazaban con matar.
Los comisarios del Gran Consejo escribieron el número de años que se debía a cada soldado; pero era imposible saber ahora cuántos mercenarios se habían contratado, y los Ancianos se asustaron de la suma exorbitante que habría que pagar. Sería menester vender la reserva de silfio; los mercenarios se impacientarían. Túnez estaba ya con ellos; y los ricos, aturdidos por los furores de Hannón y los reproches de su colega, encargaron a los conciudadanos que si alguien conocía a algún bárbaro fuera a verlo inmediatamente para ganárselo y entretenerlo con buenas palabras. Esta confianza les calmaría.
Mercaderes, escribas, obreros del arsenal, familias enteras se trasladaron al campamento bárbaro.
Los soldados dejaban entrar a los cartagineses, pero por un solo paso, tan estrecho, que no cabían por él más que cuatro hombres en fila. Espendio, de pie, junto a la barrera, les hacía registrar cuidadosamente. Frente a él, Matho examinaba a la multitud, pensando encontrar alguien que hubiese visto en casa de Salambó.
El campamento parecía una ciudad: tal era el gentío y la animación. Las dos muchedumbres distintas se mezclaban sin confundirse; la una vestida de tela o de lana, con gorros de fieltro parecidos a piñas; la otra vestida de hierro y con cascos. Entre criados y vendedores ambulantes, circulaban mujeres de todas las naciones; morenas como dátiles maduros, verdosas como aceitunas, amarillas como naranjas, vendidas por marineros, escogidas en los tabucos, robadas a las caravanas, tomadas en el saqueo de las ciudades; hembras que cuando jóvenes se las abrumaba de amor y cuando llegaban a viejas se las tundía a golpes, y que morían en los viajes, al borde de los caminos, entre los bagajes, con las acémilas abandonadas. Las mujeres númidas se balanceaban sobre sus talones, vestidas de túnicas de pelo de dromedario, cuadradas y de color rabioso; las músicas de la Cirenaica, envueltas en gasas violetas y con las cejas pintadas, cantaban agachadas en las esteras; negras viejas, de pechos colgantes, juntaban, para hacer fuego, estiércol de animal que se secaba al sol; las siracusanas llevaban placas de oro en la cabellera; las lusitanas, collares de conchas; las galas, pieles de lobo; niños robustos, cubiertos de sabandijas, desnudos, incircuncisos, daban a los transeúntes golpes en el vientre con su cabeza, o llegando por detrás, como pequeños tigres, les mordían las manos.
Los cartagineses se paseaban por el campamento, sorprendidos de la multitud de cosas que allí veían. Los más pobres estaban tristes, y los otros disimulaban su inquietud.
Los soldados les golpeaban en el hombro, excitándolos a la alegría. No bien veían un personaje, le invitaban a sus diversiones. Cuando jugaban al disco, se alineaban para aplastarle los pies, y en el pugilato, al primer envite, le rompían una mandíbula. Los honderos asustaban a los cartagineses con sus hondas; los psilos, con sus víboras; los jinetes, con sus caballos. Esta gente, de ocupaciones pacíficas, se esforzaba en sonreír y bajar la cabeza a todos estos ultrajes. Algunos, mostrándose valientes, hacían signos de que querían ser soldados. Se les daba hachas para rajar madera y se les hacía almohazar los animales; se les encerraba en una armadura y los hacían rodar como toneles por las calles del campamento. Y cuando se disponían a marcharse, los mercenarios se tiraban de los pelos con contorsiones grotescas.