Muchos de estos, por necedad o prejuicio, creían a todos los cartagineses muy ricos, y los seguían suplicando que les dieran alguna cosa. Pedían, sobre todo, lo que les parecía bonito: un anillo, un cinturón, sandalias, la franja de una túnica, y cuando el cartaginés, despojado, exclamaba «No tengo nada más. ¿Qué quieres?», ellos contestaban: «Tu mujer.» Otros decían: «Tu vida.»

Fueron remitidas a los capitanes las cuentas militares, leídas a los soldados y aprobadas definitivamente. Entonces reclamaron tiendas, y se las dieron. Después los polemarcas de los griegos pidieron algunas de las hermosas armaduras que se fabricaban en Cartago, y el Gran Consejo votó un presupuesto para esta adquisición. Pero los jinetes entendían que era justo que la República les indemnizara de sus caballos: uno afirmaba haber perdido tres en tal sitio, otro cinco en tal marcha, otro catorce en los precipicios. Se les ofreció garañones de Hecatompila; pero ellos prefirieron dinero.

A continuación pidieron que se les pagara en plata, no en moneda de cuero, todo el trigo que se les debía y al precio más alto que se hubiera vendido durante la guerra, si bien exigían por una medida de harina cuatrocientas veces más de lo que dieron por un saco. Tal injusticia exasperó, pero hubo que pasar por ella.

Entonces los delegados de los soldados y los del Gran Consejo se reconciliaron, jurando por el Genio de Cartago y por los dioses de los bárbaros. Con demostraciones y verbosidad orientales, se dieron excusas y se hicieron caricias. Luego, los soldados reclamaron, como una prueba de amistad, el castigo de los traidores que les habían indispuesto con la República.

Hízose como que no se les comprendía, y se explicaron más claramente, pidiendo la cabeza de Amílcar.

Muchas veces al día salían de su campamento para pasearse al pie de las murallas. Gritaban que se les diera la cabeza del Sufeta y extendían los sayos para recibirla.

Hubiera cedido, sin duda, el Gran Consejo, a no ser por una última exigencia, más injuriosa que las anteriores: pidieron en matrimonio para sus jefes, vírgenes escogidas en las principales familias. Fue una idea de Espendio, y muchos la encontraron sencilla y fácil de ejecutar. Pero esta pretensión de querer mezclarse con la sangre púnica irritó al pueblo: se les significó rotundamente que no les darían ninguna. Entonces gritaron que se les había engañado y que si antes de tres días no llegaba su paga, irían ellos mismos a tomarla en Cartago.

La mala fe de los mercenarios no era tan completa como pensaban sus enemigos. Amílcar les había hecho promesas exorbitantes, vagas, es verdad, pero solemnes y reiteradas. Pudieron creer al desembarcar en Cartago que se les entregaría la ciudad y que se les repartirían sus tesoros; y cuando vieron que apenas se les pagaba su soldada, la desilusión hirió su orgullo tanto como su codicia.

Dionisio, Pirro, Agatocles y los generales de Alejandro, ¿no habían dado el ejemplo de maravillosas fortunas? El ideal de Hércules, que los cananeos confundían con el Sol, resplandecía en el horizonte de los ejércitos. Se sabía que simples soldados habían llevado diademas, y el ruido de los imperios que se desmoronaban hacía soñar a los galos en su bosque de encinas, y al etíope, en sus arenales. Había siempre un pueblo dispuesto a utilizar los valientes; y el ladrón arrojado de su tribu, el parricida errante en los caminos, el sacrílego perseguido por los dioses, todos los hambrientos, todos los desesperados procuraban llegar al puerto donde el agente de Cartago reclutaba soldados. En general, esta cumplía sus promesas; pero esta vez, el exceso de su avaricia la había llevado a una infamia peligrosa. Los númidas, los libios, el África entera iban a caer sobre Cartago. Solo el mar estaba libre; pero aquí se hallaban los romanos; como un hombre asaltado por asesinos, la República sentía la muerte rondar en torno de ella.

Convenía, pues, recurrir a Giscón; los bárbaros aceptaron su intervención; una mañana vieron bajarse las cadenas del puerto y entrar en el lago tres barcos planos, pasando por el canal de la Tania.