Espendio, que había pasado tres años en la ergástula, no conocía bien los barrios de la ciudad. Matho conjeturó que para ir al palacio de Amílcar debían tomar a la izquierda, atravesando los Mapales.

—No —dijo Espendio—; llévame al templo de Tanit.

Matho quiso objetar.

—Acuérdate —dijo el esclavo; y alzando el brazo, señaló al planeta de Chabar, que resplandecía.

Entonces Matho se volvió silenciosamente hacia la Acrópolis.

Se arrastraban a lo largo de las líneas de nopales que bordeaban los caminos. Corría el agua de sus cuerpos sobre el polvo de la tierra. Sus sandalias, mojadas, no hacían el menor ruido. Espendio, con los ojos más brillantes que antorchas, registraba a cada paso los matorrales; detrás de él andaba Matho, con las dos manos armadas de puñales, sujetos los brazos cerca de los sobacos por una banda de cuero.

V

TANIT

Cuando salieron de las huertas, se vieron detenidos por la cerca de Megara; pero descubrieron una brecha en la espesa muralla, y pasaron.

El terreno, al descender, formaba como un valle muy ancho. Se hallaron en un sitio descubierto.