—¡Escucha! —dijo Espendio—, y nada temas... Cumpliré mi promesa.

Se interrumpió, como pensando en lo que iba a decir...

—¿Te acuerdas cuando una vez te señalé, Matho, al salir el sol, desde la azotea de Salambó, a Cartago? Aquel día éramos fuertes, pero tú no quisiste oír nada... ¡Amo, hay en el santuario de Tanit un velo misterioso, caído del cielo, y que cubre a la diosa!

—Lo sé —dijo Matho.

—Es un velo divino porque forma parte de la deidad. Los dioses ejercen su poder donde residen. Porque lo posee Cartago, Cartago es poderosa... ¡Te he traído aquí para robarlo!

Matho retrocedió horrorizado.

—¡Vete! ¡Busca otro! No quiero ayudarte en esa acción execrable.

—Tanit es tu enemiga —replicó Espendio—. Ella te persigue, y tú mueres de su cólera. Te vengarás; ella te obedecerá, y serás inmortal e invencible.

Matho bajó la cabeza. Espendio prosiguió:

—Sucumbiremos; el ejército será aniquilado. No tenemos ni escapatoria, ni ayuda, ni perdón. ¿Qué castigo de los dioses puedes temer, si tienes su fuerza en tus manos? ¿O es que prefieres morir en la derrota, miserablemente, al amparo de un matorral, o entre el ultraje de la plebe, en una hoguera? ¡Amo, un día entrarás en Cartago, entre los colegios de los pontífices, que besarán tus sandalias; y si el velo de Tanit te pesa, lo devolverás a su templo! ¡Sígueme! ¡Ven a tomarlo!