Pero le siguió. El departamento en que entraron no tenía más que una pintura negra, que representaba otra mujer, cuyas piernas subían hasta lo alto de la muralla. Su cuerpo ocupaba todo el techo. Colgaba de su ombligo un hilo con un huevo enorme, y la alegoría caía sobre la otra pared, con la cabeza hacia abajo, hasta el nivel de las losas, en las que hincaba sus dedos puntiagudos.

Para seguir adelante, apartaron una cortina; pero sopló el viento y la lámpara se apagó.

Anduvieron errantes, perdidos en las complicaciones de la arquitectura. De repente, notaron bajo sus pies una cosa de una extraña suavidad. Brillaban y brotaban chispas; andaban sobre fuego. Espendio tocó el suelo y vio que estaba cuidadosamente alfombrado con pieles de lince; luego le pareció que le rozaba las piernas una cuerda gruesa y mojada, fría y viscosa. Las hendiduras talladas en la muralla dejaban pasar tenues rayos blancos. Avanzaban con esta incierta luz, hasta que al fin vieron una gran serpiente negra, que desapareció rápidamente.

—¡Huyamos! —dijo Matho—. ¡Es ella; la oigo; ella viene!

—¡No! —repuso Espendio—. El templo está vacío.

Una luz deslumbrante les hizo cerrar los ojos. Vieron luego en contorno una infinidad de animales flacos, jadeantes, enseñando las garras y confundidos unos con otros, con un desorden misterioso que daba espanto. Eran serpientes con pies, toros con alas, peces con cabezas humanas comiendo frutas, flores que se abrían en las fauces de cocodrilos, y elefantes con la trompa alzada volando por el cielo como águilas. Un terrible esfuerzo distendía sus miembros incompletos o multiplicados. Parecían querer sacarse el alma alargando la lengua; y todas las formas se encontraban allí, como si el receptáculo de los gérmenes, abriéndose con súbito rompimiento, se hubiera vaciado sobre las paredes de la sala.

Doce globos de cristal azul la rodeaban circularmente, soportados por monstruos parecidos a tigres. Sus pupilas brillaban como ojos de caracoles, y encorvando sus poderosas grupas, se volvían hacia el fondo donde resplandecían, en un carro de marfil, la Rabbet suprema, la Omnifecunda, la última creada.

Escamas, plumas, flores y pájaros le subían hasta el vientre; le servían de pendientes unos címbalos de plata que oscilaban sobre sus mejillas. Sus grandes ojos miraban de hito en hito, y una piedra luminosa, engarzada en su frente en un símbolo obsceno, alumbraba toda la sala, al reflejarse por encima de la puerta, en espejos de cobre rojo.

Matho dio un paso; flojeó una losa bajo sus talones, y las esferas empezaron a girar, los monstruos a rugir; oyóse una música melodiosa y arrulladora como la armonía de los planetas; el alma de Tanit se desbordaba tumultuosa. Iba a levantarse, grande como la sala, con los brazos abiertos. De pronto, los monstruos cerraron las fauces y los globos de cristal dejaron de girar.

Lúgubre modulación onduló por algún tiempo en el aire, hasta que al fin se extinguió.