Calculaba Espendio el dinero que hubiera ganado en otro tiempo vendiendo aquellas mujeres, y con la vista pesaba, al pasar, los collares de oro.
El templo era tan impenetrable por este lado como por el otro. Volvieron por detrás de la primera cámara. En tanto que Espendio husmeaba, Matho, prosternado ante la puerta, imploraba a Tanit, suplicándola que no le permitiera este sacrilegio. Procuraba ablandarla con palabras acariciadoras, como se hace con una persona irritada.
Espendio advirtió una abertura estrecha encima de la puerta.
—¡Levántate! —dijo a Matho.
Y le hizo adosarse de pie contra la pared. Poniendo un pie en sus manos y luego otro sobre su cabeza, llegó a la altura del ventanal, y por allí desapareció. Matho sintió caer sobre su espalda una cuerda de nudos, que Espendio había arrollado alrededor de su cuerpo antes de aventurarse en la cisterna; y apoyándose con ambas manos, pronto se encontró al lado de Espendio en una gran sala llena de sombra.
Un atentado sacrílego parecía tan imposible, que, por lo mismo, apenas se habían puesto los medios para evitarlo. El terror, más que las paredes, defendía al santuario. Matho, a cada instante, se creía muerto.
En el fondo de las tinieblas brillaba una luz. Se acercaron. Era una lámpara que ardía en una concha, sobre el pedestal de una estatua tocada con el gorro de los Kabiros. Vestía una larga túnica azul sembrada de discos de diamantes, y unas cadenas que se hundían bajo las losas la retenían por los talones. Matho contuvo un grito:
—¡Ah! ¡Hela aquí! ¡Hela aquí!
Espendio cogió la lámpara para alumbrarse.
—¡Qué impío eres! —murmuró Matho.