Un cedro enorme se erguía en medio. Sus ramas más bajas desaparecían bajo montones de estofas y de collares colgados por los fieles. Avanzaron algunos pasos y llegaron a la fachada del templo.

Dos largos pórticos, de arquitrabes que se apoyaban en gruesos pilares, flanqueaban una torre cuadrangular, adornada en su plataforma por una luna en creciente. Sobre los ángulos de los pórticos y en las cuatro esquinas de la torre se elevaban vasos llenos de aromas encendidos. Granadas y coloquíntidas festoneaban los capiteles. Entrelazos, losanges y líneas de perlas alternaban sobre los muros, y un seto de filigrana de plata formaba un ancho semicírculo ante la escalera de marfil que bajaba del vestíbulo.

A la entrada había, entre una estela de oro y otra de esmeralda, un cono de piedra; al pasar por su lado, Matho se besó la mano derecha.

La primera habitación era muy alta, con innumerables aberturas en la bóveda, de modo que al levantar la cabeza se podían ver las estrellas. En todo el contorno de la muralla se amontonaban, en cestas de mimbre, barbas y cabelleras, primicias de adolescentes; y en medio del departamento circular, salía de una repisa el cuerpo de una mujer, cubierta de mamas, gorda, barbuda y con las pupilas bajas; tenía aire sonriente y las manos cruzadas sobre el borde de su gran vientre, pulido por los besos de la multitud.

Después se hallaron al aire libre, en un corredor transversal, en el que un altar de exiguas proporciones se apoyaba en una puerta de marfil que únicamente los sacerdotes podían abrir; porque un templo no era un sitio de reunión del pueblo, sino la morada particular de una divinidad.

—¡La empresa es imposible! —decía Matho—. ¡Volvámonos!

Espendio examinaba las paredes. Quería el velo, no porque tuviera confianza en su virtud —Espendio no creía en el oráculo—, sino porque estaba persuadido de que los cartagineses, al verse sin él, caerían en un gran abatimiento. Dieron la vuelta por detrás, buscando alguna salida.

Veíanse edículos de formas diferentes, bajo bosquecillos de terebintos. Aquí y allá se erguía un falo de piedra y pastaban tranquilamente grandes ciervos, empujando con las pezuñas las piñas que habían caído de las copas de los árboles.

Volvieron sobre sus pasos entre dos largas galerías paralelas, con pequeñas celdas al fondo. De arriba abajo de sus columnas de cedro pendían tamboriles y címbalos. Unas mujeres dormían sobre esteras fuera de las celdas. Sus cuerpos, engrasados con ungüentos, exhalaban olor a especias y a perfumadores apagados, y estaban tan cubiertas de tatuajes, de collares, de anillos, de bermellón y de antimonio que, sin el movimiento del pecho, se las hubiera tomado por ídolos tendidos en el suelo. Los lotos rodeaban una fuente en la que nadaban peces parecidos a los de Salambó; luego, en el fondo, junto a la muralla del templo, se desplegaba una viña de sarmientos de vidrio y racimos de esmeraldas. Los rayos de las piedras preciosas fingían juegos de luz entre las columnas pintadas, sobre los rostros de las durmientes.

Matho se asfixiaba en la cálida atmósfera que irradiaban los tabiques de cedro. Todos estos símbolos de la fecundación, estos perfumes y estos hálitos le abrumaban. A través de los destellos místicos, soñaba con Salambó. La confundía con la misma diosa, y su amor iba en aumento, como los grandes lotos que se despliegan pomposos en la profundidad de las aguas.