Matho permanecía con los ojos clavados en las losas. De pronto exclamó:
—¿Y si yo fuera a su casa? ¿No tengo miedo de su hermosura? ¿Qué puede ahora contra mí? Ahora soy más que un hombre. Pasaré por encima de las llamas, andaré sobre las olas del mar. Me siento transportado. ¡Salambó! ¡Salambó! ¡Yo soy tu amo!
Su voz era tonante. Le parecía a Espendio otro hombre de estatura más alta y transfigurado.
Se oyeron pasos, se abrió una puerta y apareció un hombre, un sacerdote, con su alto gorro y los ojos pintados. Sin darle tiempo, Espendio se precipitó a él y le hundió los dos puñales en los costados. La cabeza sonó sobre el pavimento.
Inmóviles como el cadáver, quedaron atentos durante un rato; pero solo se oía el murmullo del viento, por la puerta entreabierta.
Daba esta a un pasadizo. Espendio se metió en él, seguido de Matho, y llegaron al tercer recinto, entre los pórticos laterales, donde estaban las habitaciones de los sacerdotes.
Detrás de las celdas debía haber un camino más corto para salir. Diéronse prisa para encontrarlo.
Agachándose Espendio al borde de la fuente, lavó sus manos ensangrentadas. Dormían las mujeres. Brillaba la viña de esmeralda. Se pusieron en marcha.
Pero alguien, por entre los árboles, corría detrás de ellos; y Matho, que llevaba el velo, sintió varias veces que le tiraban suavemente por abajo. Era un gran cinocéfalo, uno de los que vivían sueltos en el recinto de la diosa. Como si tuviera conciencia del robo, se agarraba al manto. No se atrevían a pegarle, por temor a que redoblara sus gritos; de pronto se aplacó su cólera y trotó a su lado, balanceando el cuerpo, con sus largos brazos colgantes. Al llegar a la barrera, de un salto se subió a una palmera.
Así que salieron del último recinto, se dirigieron al palacio de Amílcar, porque comprendió Espendio que era inútil disuadir a Matho de su propósito.