Tomaron por la calle de los Curtidores, la plaza de Mutumbal, el mercado de hierbas y la encrucijada de Cinasim.
—¡Esconde el zaimph! —dijo Espendio.
Vieron gente, pero nadie les vio a ellos. Al fin divisaron las casas de Megara.
El faro, levantado por la parte de atrás en la cumbre del acantilado, iluminaba el cielo con una roja claridad, y la sombra del palacio, con sus azoteas superpuestas, se proyectaba sobre los jardines como una monstruosa pirámide. Entraron por el seto de azufaifos, cortando las ramas con los puñales.
Aún se advertían los rastros del festín de los mercenarios. Los parques estaban pisoteados; los regatos, secos; las puertas de la ergástula, abiertas. No se veía a nadie en las cocinas ni en las bodegas. Se asombraban de este silencio, solo interrumpido por el bramido de los elefantes que se agitaban en sus maneotas, y el crepitar de la hoguera de áloe que ardía en el faro.
Matho repetía:
—¿Dónde está ella? ¡Quiero verla! ¡Guíame!
—¡Es una locura! —decía Espendio—. Llamará a sus esclavos y, a pesar de tu fuerza, morirás.
Así llegaron a las escaleras de las galeras. Alzó Matho la cabeza y creyó advertir en lo alto una vaga claridad, radiante y suave. Quiso contenerlo Espendio, pero él se lanzó escalera arriba.
Al encontrarse en los sitios donde la viera, el recuerdo de los días transcurridos se borró de su memoria. La veía como cuando cantaba en las mesas y desaparecía y él subía continuamente esta escalinata. Sobre su cabeza, el cielo estaba cubierto de luminarias; la mar llenaba el horizonte; a cada paso que él daba le rodeaba una inmensidad más ancha, y seguía subiendo con la extraña facilidad que se tiene en los sueños.