El ruido del velo rozando contra las piedras le recordó su nuevo poder; pero en el exceso de su esperanza, ya no sabía lo que tenía que hacer; esta incertidumbre le intimidó.

De vez en cuando se asomaba a las celosías cuadrangulares de los aposentos cerrados, y creyó ver en muchos de ellos personas dormidas.

El último piso, más estrecho, formaba como un dado encima de las terrazas. Matho le dio la vuelta lentamente.

Una luz lechosa iluminaba las hojas de talco que tapaban las pequeñas aberturas de la muralla y, que simétricamente dispuestas, parecían en las tinieblas hileras de perlas finas. Reconoció la puerta cuartelada con la cruz negra. Redoblaban las palpitaciones de su corazón. Quiso huir, pero empujó la puerta, y esta se abrió.

En el fondo de la habitación ardía, suspendida, una lámpara en forma de galera; tres rayos de luz de su carena de plata temblaban en los altos artesonados pintados de rojo con franjas negras. El techo era un conjunto de pequeñas vigas doradas que tenían en medio amatistas, y topacios en los nudos de la madera. A los dos lados del ancho aposento aparecía un lecho bajo, hecho de correas blancas; y arcos de bóveda aconchados, que se abrían por la parte de afuera, dejaban ver algún vestido que colgaba hasta el suelo.

Una grada de ónice daba la vuelta a un estanque ovalado, en cuya orilla había unas finas sandalias de piel de serpiente y un jarro de alabastro. Más allá se advertía la huella húmeda de unas pisadas. Se aspiraban aromáticos olores.

Matho andaba sobre losas incrustadas de oro, de nácar y de vidrio; y no obstante el pulimento del suelo, le parecía que se hundían sus pies como si caminara por arena.

Detrás de la lámpara de plata había divisado un gran cuadrado de azur, suspendido en el aire por cuatro cuerdas, y a él se acercó Matho, medio agachado y con la boca abierta.

De cuernos de antílope colgaban anillos y brazaletes; vasos de arcilla refrescaban al aire sobre un tendal de cañas, en la hendidura de la pared. Muchas veces tropezaban sus pies, porque el suelo tenía desniveles tan pronunciados que hacían de la habitación como una serie de aposentos. En el fondo, una baranda de plata rodeaba un tapiz sembrado de flores pintadas. Por fin llegó al lecho colgante, junto al escabel de ébano que servía para subir a él.

Pero la luz cesaba allí, y la sombra, como una gran cortina, no dejaba ver más que el extremo de un colchón rojo en el que asomaba la punta de un piececito desnudo. Matho cogió la lámpara para ver mejor.