—¡Socorro! ¡Socorro! ¡Atrás, sacrílego! ¡Infame! ¡Maldito! ¡A mí, Taanach, Kroúm, Ewa, Micipsa, Schavul!

Entre los vasos de arcilla, asomó en la muralla la cara asustada de Espendio, el cual dijo estas palabras:

—¡Huye! Vienen aquí.

Se oyó un gran tumulto en la escalera, y una oleada de gente, entre mujeres, esclavos y criados, se lanzó dentro de la habitación con estacas, rompecabezas, puñales y machetes. Todos quedaron como paralizados de indignación al ver un hombre; las criadas daban alaridos como en un entierro, y los eunucos palidecían bajo su negra piel.

Matho se mantenía detrás de la barandilla, envuelto en el zaimph, como un dios sideral rodeado del firmamento. Los esclavos iban a arrojarse sobre él. Salambó los contuvo.

—¡No le toquéis! ¡Es el velo de la diosa!

Y dando un paso hacia él, alargando su brazo desnudo, prorrumpió:

—¡Maldito seas, ladrón de Tanit! ¡Odio, venganza y dolor! ¡Que Gurcil, dios de las batallas, te destroce! ¡Que Matisman, dios de los muertos, te ahogue! ¡Y que el Otro —el que no se puede nombrar— te queme!

Matho dio un grito, como si le hiriera una espada. Salambó repitió muchas veces:

—¡Vete! ¡Vete!