Se apartó la turba de criados, y Matho, baja la cabeza, pasó lentamente en medio de ellos; al llegar a la puerta se detuvo porque la franja del zaimph se había enganchado en una de las estrellas de oro que esmaltaban el suelo. Dio un brusco tirón y bajó la escalera.

Espendio, saltando de terraza en terraza y por encima de setos y de acequias, escapó por los jardines. Llegó al pie del faro. En este sitio cesaba la muralla, por lo escarpado del cantil. Aquí se tumbó de espalda y con los pies hacia delante se deslizó abajo; ganó a nado el cabo de las Tumbas, dio un largo rodeo por la Laguna Salada y ganó el campamento de los bárbaros.

Había salido el sol, y como un león que se retira, Matho se alejó mirando el camino con ojos terribles.

Hirió sus oídos un indeciso rumor que saliendo del palacio, seguía a lo lejos, del lado de la Acrópolis. Unos decían que habían robado el tesoro de la República en el templo de Moloch; hablaban otros de un sacerdote asesinado. Corría el rumor de que los bárbaros habían entrado en la ciudad.

No sabiendo Matho cómo franquear los recintos, seguía en línea recta. Le vieron y se alzó un clamoreo. Comprendieron todo lo que había pasado: fue una consternación general; luego, una inmensa cólera.

Del fondo de los Mapales, de las alturas de la Acrópolis, de las catacumbas y de las orillas del lago venía un tropel de gente. Salían los patricios de sus palacios; los vendedores, de sus tiendas; las mujeres abandonaban a sus hijos; se echaba mano a las espadas, hachas y bastones; pero les detuvo el mismo obstáculo que a Salambó: ¿de qué modo recobrar el velo? Solo el mirarlo era un crimen; era como los mismos dioses, y su contacto ocasionaba la muerte.

En el peristilo de los templos, los sacerdotes, desesperados, se retorcían los brazos. Los guardias de la Legión galopaban al acaso; había gente en las azoteas, en el torso de las estatuas y en las gavias de los buques. Pero Matho seguía andando, y a cada paso que daba aumentaba la ira, pero también el terror. Vaciábanse las calles al aproximarse él; y ese torrente de hombres que huían, llegaba por los dos lados hasta encima de las murallas. No se veían más que ojos muy abiertos, como para matarlo con la vista; dientes que rechinaban, puños que amenazaban; se oían las imprecaciones de Salambó, que se multiplicaban.

De improviso, silbó una larga flecha, luego otra y una lluvia de piedras; pero los tiros, mal dirigidos por miedo de tocar al zaimph, pasaban por encima de la cabeza de Matho. Convirtiendo el velo en escudo, lo embrazaba hacia la derecha, hacia la izquierda, hacia adelante y hacia atrás; y a nadie se le ocurría un nuevo sistema de ataque. Andaba cada vez más aprisa, metiéndose por las calles. Al encontrarlas interceptadas con cuerdas, carros o trampas, se volvía atrás. Llegó, finalmente, a la plaza de Kamón, donde murieron los baleares; aquí se detuvo Matho, pálido como un sentenciado a muerte. Estaba perdido; la multitud batía palmas.

Corrió hasta la gran puerta cerrada. Era muy alta, de robusta encina, con clavos de hierro y forrada de cobre. Matho la empujó. El pueblo, gozoso, observaba su impotente furor; entonces, él se quitó una sandalia, escupió encima y golpeó los trofeos inmóviles. Toda la ciudad aulló. Olvidando el velo, iban a aplastarle. Matho miraba en rededor, febril, como poseído del sopor de un hombre embriagado. De pronto, reparó en la larga cadena de la que se tiraba para hacer maniobrar la báscula de la puerta. De un salto se agarró a ella de pies y manos, y, forcejeando, logró abrir las hojas de la puerta.

Así que salió afuera, se quitó del cuello el gran zaimph y lo puso sobre su cabeza, lo más alto posible. El manto, sostenido por el viento del mar, resplandecía al sol con sus colores, su pedrería y la figura de los dioses. Llevándolo así, Matho atravesó toda la llanada hasta las tiendas de sus soldados, mientras el pueblo, encima de las murallas, veía desaparecer la fortuna de Cartago.