VI

HANNÓN

—¡Debí habérmela traído! —decía por la noche Matho a Espendio—. Debí haberla arrancado de su casa. Nada me lo hubiera impedido.

Espendio no le escuchaba. Echado de espalda, descansaba a sus anchas, al lado de un gran jarro lleno de agua con miel, en la que metía a menudo la cabeza para beber más abundantemente.

—¿Qué hacer? —preguntaba Matho—. ¿Cómo volver a entrar en Cartago?

—No lo sé —contestaba Espendio.

Su impasibilidad exasperaba a Matho.

—¡Tú tienes la culpa! —añadió este—; tú me llevaste y me abandonaste como un cobarde. ¿Por qué te he de obedecer? ¿Crees ser tú mi amo? ¡Ah, prostituidor, esclavo, hijo de esclavo!

Rechinaba los dientes y amenazaba a Espendio con su ancha mano.

El griego no contestaba. Ardía una lámpara de arcilla colgada del palo de la tienda, en la que el zaimph resplandecía colgado de una panoplia.