De pronto, Matho se calzó los coturnos, se puso el peto de hojas de cobre y el casco.

—¿Adónde vas? —preguntó Espendio.

—Volveré. Déjame. ¡La traeré! Si me hacen frente, los aplastaré como víboras. ¡La haré morir, Espendio!... Sí, la mataré; ya lo verás: la mataré.

Espendio arrancó bruscamente el zaimph y lo colocó en un rincón, poniendo encima pieles de oveja. Se oyeron voces, brillaron antorchas y entró Narr-Habas seguido de unos veinte hombres.

Llevaban mantos de lana blanca, largos puñales, collares de cuero, pendientes de madera en las orejas y calzado de piel de hiena; parados en el umbral, se apoyaban en sus lanzas, como pastores que descansan. Narr-Habas era el más hermoso de todos; ceñían sus delgados brazos correas guarnecidas de perlas; una diadema de oro, al par que sostenía por detrás de su cabeza un amplio manto, ostentaba una pluma de avestruz que le colgaba por la espalda. Una continua risa le hacía enseñar los dientes; sus ojos parecían agudos como saetas, y toda su persona tenía un sello de distinción.

Declaró que venía a juntarse con los mercenarios, porque la República amenazaba desde hacía tiempo su reino. Le interesaba ayudar a los bárbaros y les podía ser útil.

—Os proveeré de elefantes, de que están llenas mis florestas, de vino, aceite, cebada, dátiles, resinas y azufre para los sitios; de veinte mil infantes y diez mil caballos. Si me dirijo a ti, Matho, es porque la posesión del zaimph te ha hecho el primero del ejército. Por lo demás, somos antiguos amigos.

Matho miraba a Espendio, que sentado sobre las pieles de carnero, hacía señales de asentimiento. Narr-Habas hablaba poniendo por testigos a los dioses y maldiciendo a Cartago. En sus imprecaciones rompió una azagaya. Su gente dio un gran alarido y Matho, transportado por estas demostraciones, dijo que aceptaba la alianza.

Trajeron un toro blanco y una oveja negra, símbolos del día y de la noche, y los degollaron al borde de una fosa. Cuando esta se llenó de sangre, metieron los hombres sus brazos en ella. Narr-Habas puso su mano en el pecho de Matho, y lo mismo hizo este con Narr-Habas. Repitieron estas señales en la tela de sus tiendas. Pasaron la noche comiendo, y se quemó el resto de la comida, juntamente con la piel, los huesos, los cuernos y las uñas de las reses sacrificadas.

Una inmensa aclamación había saludado a Matho cuando apareció con el velo de la diosa; aun aquellos que no creían en la religión cananea, estaban poseídos de un vago entusiasmo, como si les animara un genio. Nadie se preocupó de cómo fue tomado el zaimph; la forma misteriosa con que fue adquirido fue lo bastante para que los bárbaros legitimaran su posesión. Así pensaban los soldados de raza africana. Los otros, cuyo odio era menos antiguo, no sabían qué resolver. De haber habido barcos, se hubieran marchado en seguida.