Espendio, Narr-Habas y Matho enviaron hombres a todas las tribus del territorio púnico.
Cartago tenía extenuados a todos estos pueblos, con impuestos exorbitantes; las cadenas, el hacha y la cruz castigaban los retrasos y hasta las reclamaciones. Se debía cultivar todo lo que convenía a la República; dar todo lo que pedía. Nadie tenía derecho a poseer un arma; cuando se sublevaba una ciudad, sus habitantes eran vendidos. Los gobernadores eran estimados como lagares, según la cantidad que producían. Más allá de las regiones sometidas a Cartago, estaban los aliados, que solo pagaban un módico tributo; detrás de los aliados vagaban los nómadas, que podían concitarse contra ellos. Por este sistema, las cosechas eran siempre abundantes, las plantaciones soberbias y magnífica la remonta caballar. El viejo Catón, maestro en esto de cultivos y de esclavos, se asombró de ello, noventa y dos años más tarde, y el grito de muerte que repetía en Roma no era sino la exclamación de un celo codicioso.
Durante la última guerra, habían redoblado las exacciones, por lo que las poblaciones de la Libia, casi todas, se habían entregado a Régulo. Para castigarlas, se exigió de ellas mil talentos, veinte mil bueyes, trescientos vasos de polvo de oro, anticipos de granos; los jefes de tribus fueron crucificados o echados a los leones.
Túnez, especialmente, detestaba a Cartago. Más antigua que la metrópoli, no la perdonaba su engrandecimiento. Permanecía frente a sus murallas, acurrucada en el fango, al borde del agua, como un animal venenoso. Las deportaciones, las matanzas, las epidemias, no la debilitaban. Había sostenido a Arcagate, hijo de Agatocles, y provisto de armas a los «Comedores de cosas inmundas».
Aún no habían partido los correos de los bárbaros y ya en las provincias estalló un regocijo universal. Sin esperar a más, se estranguló en los baños a los intendentes de las casas y a los funcionarios de la República; se sacaron de las cavernas las armas que estaban escondidas; con el hierro de los arados se forjaron espadas; los niños aguzaban en las puertas las azagayas; las mujeres daban sus collares, sortijas y pendientes y todo cuanto podía servir para la destrucción de Cartago. Todos querían contribuir a ella de algún modo. Los paquetes de lanzas se amontonaron en los poblados, como garbas de maíz. Se expidieron animales y dinero. Matho pagó pronto a los mercenarios los atrasos de su soldada, y por esta idea de Espendio fue nombrado general en jefe o schalischim de los bárbaros.
Al mismo tiempo, afluían los socorros en hombres: primero, la gente de raza autóctona; después, los esclavos. Fueron secuestradas las caravanas de negros, a los que se armó, y hasta los mercaderes que iban a Cartago se juntaron a los bárbaros creyendo sacar más provecho. Llegaban sin cesar bandas numerosas. Desde lo alto de la Acrópolis veíase cómo aumentaba el ejército.
Los guardias de la Legión hacían centinela en la plataforma del acueducto; y cerca de ellos, de distancia en distancia, se levantaban cubas de cobre en las que hervían torrentes de asfalto. Abajo, en el llano, se agitaba tumultuariamente la multitud de los bárbaros, con la incertidumbre y el vago temor que les inspiraban siempre las murallas.
Útica e Hippo-Zarita rehusaron su alianza. Colonias fenicias, como Cartago, se gobernaban por sí mismas y en sus tratados con la República hacían incluir cláusulas que les favorecieran. Sin embargo, respetaban a su hermana mayor y más fuerte, que las protegía; y no creían que un montón de bárbaros fuera capaz de vencerla; antes bien, que estos serían exterminados. Deseaban mantenerse neutrales y vivir tranquilas.
Pero su posición las hacía indispensables. Útica, en el fondo de un golfo, era el conducto por donde llegaba a Cartago el socorro de fuera. Tomada Útica, Hippo-Zarita, a seis leguas de la costa, haría sus veces, y así avituallada la metrópoli, sería inexpugnable.
Quería Espendio que se emprendiera inmediatamente el sitio; Narr-Habas se opuso, porque deseaba ir primero a la frontera. Tal era la opinión de los veteranos, la de Matho mismo; por lo que se resolvió que Espendio iría a atacar Útica, y Matho a Hippo-Zarita; el tercer cuerpo del ejército, apoyándose en Túnez, ocuparía el llano de Cartago, encargándose de esto Autharita. En cuanto a Narr-Habas, iría a su reino para traer elefantes, y con su caballería limpiar los caminos.