Las mujeres clamaron contra esta decisión, porque codiciaban las joyas de las damas púnicas. También protestaron los libios, porque se les llamó contra Cartago y los llevaban a otra parte. Únicamente partieron los soldados. Matho mandaba a sus compañeros, juntamente con los iberos, los lusitanos, los hombres de Occidente y de las islas; todos los que hablaban griego eligieron por jefe a Espendio, a causa del ingenio que veían en él.
Grande fue el estupor cuando en Cartago vieron moverse el ejército, el cual fue alejándose bajo la montaña de la Ariana, por el camino de Útica, del lado del mar. Una parte quedó delante de Túnez; el resto desapareció y volvió a aparecer al otro lado del golfo, en la linde del bosque, en donde se internó.
Eran quizás ochenta mil hombres. Las dos ciudades tirias no resistirían, después tocaría el turno a Cartago. Un ejército considerable la amenazaba ocupando el extremo por la base, y pronto perecería por hambre la ciudad, porque no podía vivir sin el auxilio de las provincias, ya que los ciudadanos, al contrario que en Roma, no pagaban contribuciones. A Cartago le faltaba genio político. Su eterno afán de ganancia le privaba de la prudencia que da más altas ambiciones. Galera anclada en la arena líbica, se sostenía a fuerza de trabajo. Las naciones, como las olas, mugían en torno de ella; la menor tempestad quebrantaba esa formidable máquina.
El tesoro estaba agotado por la guerra romana y por todo lo que se había gastado y disipado en el trato con los bárbaros; pero se necesitaban soldados, y ningún Gobierno se fiaba de la República. Tolomeo le había negado dos mil talentos. Además, el robo del velo les descorazonaba, como lo había previsto Espendio.
Pero este pueblo, que se sentía odiado, apretaba contra su pecho el oro y los dioses; y su patriotismo era alimentado por la misma constitución de su Gobierno.
En primer lugar, el poder dependía de todos, sin que nadie fuera lo bastante fuerte para acapararlo. Las deudas particulares eran consideradas como deudas públicas; los hombres de raza cananea tenían el monopolio del comercio; multiplicando los beneficios de la piratería con los de la usura, explotando rudamente las tierras, los esclavos y los pobres, se labraban algunas veces una fortuna. Todos podían optar a las magistraturas; y si bien el poder y el dinero se perpetuaban en las mismas familias, se toleraba la oligarquía, porque se abrigaba la esperanza de alcanzarla.
Las sociedades de comerciantes, en las que se elaboraban las leyes, escogían los inspectores de hacienda, quienes al abandonar el cargo, nombraban los cien miembros del Consejo de los Ancianos, dependientes a su vez de la Gran Asamblea o reunión general de todos los ricos. Los dos Sufetas eran un vestigio de reyes, menos que cónsules, y se elegían el mismo día de dos familias distintas. Se les dividía por toda clase de odios, para que se debilitaran recíprocamente. No podían deliberar sobre la guerra, y en caso de vencimiento, eran crucificados por el Gran Consejo.
De suerte que la fuerza de Cartago emanaba de los Sisitas, es decir, de una gran corte en el centro de Malqua, en el sitio donde según la tradición había abordado la primera barca fenicia, habiéndose retirado el mar desde entonces un gran trecho. Era un conjunto de pequeños aposentos de arquitectura arcaica de troncos de palmera con esquinas de piedra y separadas unas de otras para recibir aisladamente las diferentes compañías. Los ricos se amontonaban allí todo el día para debatir acerca de sus intereses y los del Gobierno, desde la busca de la pimienta hasta el exterminio de Roma. Tres veces en cada luna hacían subir sus lechos a la alta azotea que bordeaba el muro del patio, y desde abajo podía vérseles banqueteando en el aire, sin coturnos y sin mantos, con los diamantes de sus dedos, que manoseaban las viandas, y con sus grandes anillos en las orejas, que colgaban entre los jarros; fuertes todos y gordos, medio desnudos, felices, riendo y devorando en pleno azur, como enormes tiburones que se agitan en el mar.
Pero al presente no podían disimular su inquietud y estaban harto pálidos; la turba que les esperaba en las puertas los escoltaba hasta sus palacios para saber alguna noticia. Como en tiempo de peste, todas las casas estaban cerradas; llenábanse las calles y se vaciaban en seguida; subían a la Acrópolis, corrían al puerto; el Gran Consejo deliberaba todas las noches. Por fin, el pueblo fue convocado en la plaza de Kamón y se resolvió llamar a Hannón, el vencedor de Hecatompila.
Era un hombre devoto, astuto, implacable para la gente de África; un verdadero cartaginés. Sus rentas igualaban a las de Barca. Nadie tenía como él experiencia tan probada en cosas de administración.