Decretó el enrolamiento de todos los ciudadanos útiles, puso catapultas en las torres, exigió provisiones exorbitantes de armas y ordenó la construcción de catorce galeras que no se necesitaban. Se hacía llevar al arsenal, al faro, el tesoro de los templos; se veía siempre su gran litera, balanceándose de grada en grada, subiendo la escalinata de la Acrópolis. De noche, en su palacio, como no podía dormir, para prepararse para la batalla, ordenaba, con voz terrible, maniobras de guerra.

Todo el mundo, por exceso de terror, se volvía belicoso. Los ricos, al canto del gallo, se alineaban a lo largo de los Mapales, y remangándose las túnicas se ejercitaban en el manejo de la pica. Pero faltos de instructor, disputaban constantemente. Se sentaban sin aliento sobre las tumbas, y vuelta a empezar. Muchos de ellos se impusieron un régimen; unos, imaginándose que convenía comer mucho para tomar fuerza, se ponían ahítos; otros, molestos por su corpulencia, se extenuaban con ayunos para adelgazar.

Útica había reclamado ya muchas veces el socorro de Cartago.

Pero Hannón no quería partir en tanto faltara un tornillo a la máquina de guerra. Así perdió tres lunas en equipar los ciento doce elefantes que se alojaban en los fuertes; eran los vencedores de Régulo; el pueblo los acariciaba, y mucho se podía hacer con estos viejos amigos. Hannón hizo refundir las placas de cobre con que se les guarnecía el pecho, dorar sus colmillos, alargar sus torres y tallar en la púrpura hermosos caparazones bordados con pesadas franjas. En fin, como sus conductores venían de las Indias, por haber llegado los primeros de aquella parte, ordenó que fueran todos vestidos a la usanza india, esto es, con un rodete blanco alrededor de las sienes y un pequeño calzón de viso, que formaba con sus pliegues transversales, como dos valvas de una concha aplicada sobre los muslos.

El ejército de Autharita seguía delante de Túnez, oculto detrás de un muro hecho con el fango del lago y defendido en la cima por espinosa maleza. Los negros habían erizado allí en grandes estacas horribles figuras, máscaras humanas hechas con plumas de pájaros, cabezas de chacal o de serpientes, que abrían la boca cara al enemigo, a fin de amedrentarle; y estimándose invencibles por este medio, los bárbaros bailaban y hacían juglerías, convencidos de que Cartago no tardaría en sucumbir. Otro que no fuera Hannón, hubiera aplastado fácilmente esa multitud, estorbada por ganados y mujeres. Además, no comprendían ninguna maniobra, y Autharita, desalentado, nada les exigía.

Se hacían a un lado cuando este pasaba mirándoles con sus ojazos azules. Llegado al borde del lago, se quitaba su sayo de piel de foca, desataba la cuerda que ataba su roja cabellera y sumergía esta en el agua. Sentía no haber desertado a los romanos con los dos mil galos del templo de Erix.

A menudo, en la mitad del día, el sol se obscurecía de pronto, y el golfo y la alta mar parecían inmóviles, como plomo derretido. Una nube de obscuro polvo, perpendicularmente esparcido, venía en torbellino; se encorvaban las palmeras, desaparecía el cielo, se oían rebotar las piedras en la grupa de los animales, y el galo, con los labios pegados a los agujeros de su tienda, resollaba de melancolía y de agotamiento. Soñaba con el olor de los pastos en las mañanas de otoño, con los copos de nieve, con los bramidos de los uros perdidos en la niebla, y, entornando los párpados, creía ver los hogares de las cabañas, cubiertas de paja, rielar en los pantanos en el fondo del boscaje.

Otros, a más de él, añoraban la patria, si bien no estaba tan lejana. Los cartagineses cautivos podían distinguir más allá del golfo, en los declives de Byrsa, los toldos de sus casas extendidos en los patios. Pero estaban siempre rodeados de centinelas, y se les tenía atados a una misma cadena. Llevaba cada uno una argolla de hierro, y la multitud no se cansaba de venir a verlos. Las mujeres mostraban a sus hijos sus hermosas túnicas convertidas en andrajos, que colgaban de sus flácidos miembros.

Cuantas veces Autharita miraba a Giscón se acordaba de la injuria que este le había inferido; le hubiera matado, a no ser por el juramento que había hecho a Narr-Habas. Se contentaba con entrar en su tienda, tomar un brebaje compuesto de cebada y comino, hasta caer embriagado, para despertar con la fuerza del sol, devorado por una sed horrible.

Matho sitiaba a Hippo-Zarita.