Esta ciudad estaba protegida por un lago que comunicaba con el mar. Tenía tres recintos, y en las alturas que la dominaban se extendía un muro con torreones. Jamás se había visto Matho en tales empresas. Además, el recuerdo de Salambó le obsesionaba, y soñaba con los encantos de su belleza, como en las delicias de una venganza que le transportaba de orgullo. Era una necesidad de verla, acre, furiosa, permanente. Pensaba en ofrecerse como parlamentario, confiando que una vez en Cartago, llegaría a su lado. A menudo hacía tocar asalto, y sin esperar a más, se lanzaba sobre las defensas de los sitiados. Arrancaba las piedras con las manos, desbarataba, golpeaba, hundía en todo su espada. Los bárbaros se precipitaban en montón; se rompían las escalas con estrépito y se despeñaban racimos de hombres al agua, que rompía en olas sangrientas contra las murallas. El tumulto se debilitaba y los soldados concluían por alejarse, para volver a empezar después.
Matho iba a sentarse fuera de las tiendas; se enjugaba con el brazo su cara manchada de sangre, y vuelto hacia Cartago, miraba el horizonte.
Frente a él, entre olivares, palmeras, mirtos y plátanos, se desplegaban dos anchos estanques que se unían a otro lago, del que no se veían los contornos. Por detrás surgía una montaña entre otras montañas, y en medio del lago inmenso se erguía una isla toda negra y de forma piramidal. Hacia la izquierda, en la extremidad del golfo, montones de arena semejaban grandes olas azules detenidas, en tanto que el mar, plano como un enlosado de lapislázuli, subía incesantemente hasta el borde del cielo. El verdor de la campiña desaparecía en algunos sitios bajo largas placas amarillas; las algarrobas brillaban como botones de coral; caían pámpanos de la cima de los sicomoros; oíase el murmullo del agua; saltaban las alondras crestadas, y los últimos rayos del sol doraban el caparazón de las tortugas, que salían de los juncos para aspirar la brisa.
Lanzaba Matho grandes suspiros. Se acostaba boca abajo; hundía las uñas en tierra y lloraba; se sentía miserable, infeliz, abandonado. No la poseería jamás, ni tampoco podría apoderarse de la ciudad.
Por la noche, solo en su tienda, contemplaba el zaimph. ¿De qué le servía esta prenda de los dioses? Y surgían dudas en el pensamiento del bárbaro. Luego le parecía, por el contrario, que el manto de la diosa pertenecía a Salambó y que una parte de su alma flotaba más sutil que un aliento; y lo palpaba, lo olía, hundía la cara en él, lo besaba gimiendo y se lo arrollaba a las espaldas para forjarse la ilusión de estar cerca de ella.
Otras veces huía de repente. A la luz de las estrellas daba zancadas entre los soldados, que dormían envueltos en sus mantos; y al llegar a las puertas del campamento, se lanzaba a caballo, y dos horas después se encontraba en Útica, en la tienda de Espendio.
Empezaba hablándole del sitio; pero no había venido sino para aliviar su dolor hablando de Salambó. Espendio le aconsejaba que fuera cuerdo.
—¡Rechaza de tu alma estas miserias que te degradan! ¡Antes obedecías; ahora mandas un ejército, y si no conquistamos Cartago, al menos se nos darán provincias y seremos reyes!
Pero ¿por qué la posesión del zaimph no les daba la victoria? Según Espendio, era cuestión de tiempo.
Se imaginaba Matho que el velo pertenecía exclusivamente a los hombres de raza cananea, y en su sutileza de bárbaro, se decía: «El zaimph no hará nada por mí; pero, puesto que lo han perdido, tampoco hará nada por ellos.»