En seguida le atormentaba un escrúpulo. Tenía miedo de ofender a Moloch adorando a Aptouknos, dios de los libios; y preguntaba tímidamente a Espendio a cuál de los dioses sería mejor sacrificar un toro.

—¡Sacrifica siempre! decía Espendio, riendo.

Matho, que no comprendía esta indiferencia, sospechó que el griego tenía un Genio del que no quería hablar.

Todos los cultos, como todas las razas, se encontraban en estos ejércitos de bárbaros, pero se respetaban los dioses ajenos, porque también inspiraban temor. Muchos mezclaban con su religión nativa prácticas extranjeras. Tenían a gala no adorar las estrellas, o bien siendo tal constelación funesta o propicia se la hacían sacrificios; un amuleto desconocido, encontrado por casualidad en un peligro, se convertía en divinidad, o era un nombre, nada más que un nombre, que se repetía sin tratar de comprender lo que podía significar. A fuerza de haber saqueado templos, de ver sinnúmero de naciones y de degüellos, muchos concluían por no creer más que en el destino y en la muerte, y todas las noches dormían con la placidez de las bestias feroces. Espendio había escupido a las efigies de Júpiter Olímpico, y, sin embargo, temía hablar en alta voz en las tinieblas, y no olvidaba nunca calzarse primero el pie derecho.

Frente a Útica levantaba una gran terraza cuadrangular; pero a medida que esta subía, también se agrandaba la fortificación; lo que unos derribaban, casi inmediatamente se veía reedificado por los otros. Espendio economizaba su gente, soñaba planes; procuraba recordar las estratagemas que había oído contar en sus viajes. ¿Por qué no volvía Narr-Habas? Todo eran inquietudes.

Hannón había terminado sus aprestos bélicos. En una noche sin luna hizo atravesar en almadías, a sus elefantes y soldados, el golfo de Cartago. Doblaron luego la montaña de las Aguas Calientes para esquivar a Autharita, y siguieron con tanta lentitud, que en vez de sorprender a los bárbaros por la mañana, como había calculado el Sufeta, se llegó ya muy entrado el tercer día.

Útica tenía del lado del Oriente un llano que se extendía hasta la gran laguna cartaginesa; detrás de ella se abría en ángulo recto un valle entre dos montañas bajas, que de pronto se cortaban. Los bárbaros estaban acampados más lejos, a la izquierda, procurando bloquear el puerto, y dormían en sus tiendas, cuando se presentó el ejército cartaginés, dando un rodeo a las colinas.

Los honderos estaban repartidos en las dos alas. Los guardias de la Legión, con sus armaduras de escamas de oro, formaban la primera línea, con sus pesados caballos sin crines, sin pelo y sin orejas y en mitad de la frente un cuerno de plata para parecerse a los rinocerontes. Entre estos escuadrones, los jóvenes, cubiertos con un pequeño casco, blandían en cada mano una azagaya de fresno; detrás venía la infantería de línea con sus largas picas. Todos estos mercaderes acumulaban en sus cuerpos el mayor número posible de armas; había quien llevaba a un tiempo lanza, hacha, maza y dos espadas, y quienes, como puercoespines, estaban erizados de dardos y ceñían corazas con láminas de cuerno o placas de hierro. En último término iban los armatostes de las máquinas de guerra: carrobalistas, onagros, catapultas y escorpiones, oscilando en carretas arrastradas por mulas y cuadrigas de bueyes. A medida que el ejército se desplegaba, los capitanes corrían a derecha e izquierda, comunicando órdenes, haciendo estrechar las filas y conservando los intervalos. Aquellos de los Ancianos que mandaban, habían acudido con cascos de púrpura, cuyas franjas magníficas llegaban hasta las correas de los coturnos. Sus caras, pintadas de bermellón, brillaban bajo enormes cascos rematados por dioses; y como sus escudos eran de marfil esmaltado de piedras preciosas, parecían soles que pasaban por murallas de cobre.

Los cartagineses maniobraban con tanta pesadez, que los bárbaros, por irrisión, les invitaban a sentarse, gritándoles que irían pronto a vaciarles los gordos vientres, raspar el dorado de su piel y hacerles beber hierro.

En lo alto del mástil o cucaña clavado delante de la tienda de Espendio, apareció la señal, que era un jirón de tela verde. El ejército cartaginés contestó con un estrépito de trompetas, de címbalos, de flautas hechas con huesos de asnos y de tímpanos. Ya los bárbaros habían saltado fuera de las empalizadas. Los combatientes estaban cara a cara, a tiro de las azagayas.