Los soldados habían perdido ya el miedo y volvían a beber. Los perfumes que les caían de la frente mojaban a grandes gotas sus túnicas hechas jirones, y de codos en las mesas, que les parecía oscilaban como navíos, paseaban alrededor sus ojos de borracho, para devorar con la vista lo que no estaba al alcance de su mano. Había quien, andando entre los platos sobre los manteles de púrpura, rompían a puntapiés los escabeles de marfil y las ampollas tirias de cristal. Mezclábanse las canciones al estertor de los esclavos agonizantes entre las copas rotas. Pedían más vino, comida, oro. Gritaban queriendo mujeres. Se deliraba en cien lenguas distintas. Algunos se creían en los baños, a causa del vapor que flotaba en torno de ellos, o bien, mirando al follaje, imaginaban estar de caza y corrían a sus camaradas como a bestias salvajes. El incendio se propagaba de un árbol a otro, y los altos macizos de verdura, de los que se escapaban largas espirales blancas, parecían volcanes que empezaran a humear. Redoblaba el clamoreo; los leones heridos rugían en la obscuridad.
De repente se iluminó la azotea más alta del palacio; abriose la puerta del centro y apareció en el umbral una mujer vestida de negro: la hija de Amílcar. Bajó la primera escalera que bordeaba oblicuamente el primer piso, luego el segundo y el tercero, y detúvose en la última terraza, en lo alto de la escalera de las galeras. Inmóvil y con la cabeza baja, contempló a los soldados.
Detrás de ella y a cada lado estaban dos largas filas de hombres pálidos, vestidos de blancas túnicas con franjas rojas que caían rectas sobre sus pies. No tenían barba, ni cabello, ni cejas. En sus manos, deslumbrantes de anillos, llevaban enormes liras, y todos cantaban con voz aguda un himno a la divinidad de Cartago. Eran los sacerdotes eunucos del templo de Tanit, a los que Salambó llamaba con frecuencia a su casa.
Al fin, la joven bajó la escalera de las galeras, siguiéndola los sacerdotes. Avanzó por la avenida de los cipreses y anduvo lentamente por entre las mesas de los capitanes, que se apartaban al verla pasar.
Su cabellera, empolvada de arena violeta y apilada en forma de torre, a la usanza de las vírgenes cananeas, le hacía parecer más alta de lo que era. Trenzas de perlas pegadas a sus sienes bajaban basta las comisuras de la boca, rosada como una granada entreabierta. Llevaba sobre el pecho un collar de piedras luminosas que imitaban, por sus variados colores, las escamas de una lamprea. Sus brazos, adornados con diamantes, salían desnudos de una túnica sin mangas, constelada de rojas flores, sobre un fondo negro. Anudada a los tobillos llevaba una cadeneta de oro para regular el paso, y su gran manto de púrpura sombría, cortado de un paño desconocido, arrastraba colgante, describiendo a cada paso como una amplia onda que la seguía.
A ratos, los sacerdotes pulsaban las liras de acordes casi ahogados, y en los intervalos se oía el pequeño ruido de la cadeneta de oro con el chasquido acompasado de las sandalias de papiro.
Nadie la conocía. Únicamente se sabía que vivía retirada en prácticas piadosas. Los soldados la habían visto de noche, en lo alto del palacio, arrodillada ante las estrellas, entre torbellinos de pebeteros encendidos. Era la luna la que la había vuelto tan pálida, y algo de los dioses la envolvía como un vapor sutil. Las pupilas parecían mirar a lo lejos, más allá de los espacios terrestres. Andaba con la cabeza inclinada, y en la derecha mano llevaba una pequeña lira de ébano.
La oyeron murmurar:
—«¡Muertos, muertos todos! Ya no vendréis más, obedientes a mi voz, como cuando sentada al borde del lago, os echaba en la boca pepitas de sandía. El misterio de Tanit rodaba en el fondo de vuestros ojos, más límpidos que manantiales. Y llamaba a los peces por sus nombres, que eran los de los meses —Siv, Siyan, Tamuz, Elul, Tischri, Schebar—. ¡Ah! ¡Piedad para mí, Diosa!»
Los soldados, sin comprender lo que ella decía, se apiñaban a su alrededor. Se asombraban de su tocado; pero ella paseaba sobre todos una larga mirada asustada, y luego, hundiendo la cabeza entre los hombros, separando los brazos, les preguntaba muchas veces: