—¿Qué habéis hecho? ¿Qué habéis hecho? ¿No teníais, para hartaros, pan, carnes, aceite, toda la flor de los graneros? ¡Yo había hecho traer bueyes de Hecatompila y enviado cazadores al desierto!

Subía el tono de su voz, sus mejillas se coloreaban, y añadió:

—¿Dónde estáis? ¿En una ciudad conquistada o en el palacio de un amo? ¡Y qué amo! ¡El sufeta Amílcar, padre mío, servidor de los Baales! Vuestras armas, rojas con la sangre de sus esclavos, son las que él ha apresado a Lutacio. ¿Sabéis de alguien en vuestras tierras que sepa dirigir mejor las batallas? Mirad. ¡Los peldaños de nuestro palacio están obstruidos por nuestros trofeos! ¡Seguid incendiándolo todo! Me llevaré conmigo el Genio de mi casa, mi serpiente negra, que duerme allá arriba, sobre hojas de loto. Silbaré y ella me seguirá; y, si embarco en mi galera, correrá sobre la estela de la nave, entre la espuma de las olas.

Palpitaban sus finas narices; aplastaba las uñas contra la pedrería de su pecho. Sus ojos languidecían, y añadió:

—¡Ah, pobre Cartago! ¡Lamentable ciudad! No tienes para defenderte los hombres fuertes de antes, que iban más allá de los mares a levantar templos en las playas. Todos los países trabajaban en torno tuyo, y las llanuras del mar, aradas por tus remos, balanceaban tus cosechas.

La joven empezó a cantar las aventuras de Melkart, dios de los Sidonios y padre de su familia.

Narraba la ascensión a las montañas de Ersifonia, el viaje a Tarteso y la guerra contra Masisabal para vengar a la reina de las serpientes.

—Él perseguía en el bosque al monstruo hembra, cuya cola ondulaba sobre las hojas muertas como un arroyo de plata; él llegó a una pradera en que las mujeres de grupa de dragón estaban alrededor de una gran hoguera, enhiestas en la punta de su cola. La luna de color de sangre resplandecía en un halo pálido, y sus lenguas de escarlata, hendidas como arpones de pescadores, se alargaban encorvándose hasta el borde de la llama.

Sin interrupción, Salambó fue contando cómo Melkart, después de haber vencido a Masisabal, puso en la proa de su nave la cabeza cortada de este:

—A cada oleada, la cabeza se hundía en las espumas; pero el sol la embalsamaba, haciéndola más dura que el oro; los ojos no cesaban de llorar y las lágrimas caían continuamente en el agua.