Junto al promontorio cesó el viento, cayó la vela y se vio al lado del piloto un hombre de pie, con la cabeza descubierta: era él, ¡el Sufeta Amílcar! Llevaba alrededor de los muslos láminas de hierro relucientes; rojo manto pendía de sus hombros, dejando ver los brazos; dos perlas muy largas colgaban de sus orejas, y una barba negra y muy poblada le llegaba hasta el pecho.
La galera iba sorteando los escollos, costeaba el muelle, y la multitud la seguía a lo largo de la escollera, gritando:
—¡Salud! ¡Bendición! ¡Ojo de Kamón! ¡Ah! Sálvanos. La culpa es de los ricos. ¡Quieren hacerte morir! ¡Guárdate, Barca!
Este no contestaba, como si el clamor de los mares y de las batallas le hubieran dejado completamente sordo; pero así que estuvo bajo la escalinata que bajaba de la Acrópolis, alzó la cabeza, y con los brazos cruzados miró el templo de Eschmún. Levantó más la mirada al cielo puro; con áspera voz dio una orden a sus marineros; brincó la trirreme, arañó el ídolo puesto en el ángulo del muelle para contener las tempestades, y en el puerto comercial, lleno de inmundicias, de astillas de madera y de cortezas de frutas, echaba atrás, embistiéndolos, a los navíos amarrados a estacas y rematados por mandíbulas de cocodrilo. Corría el pueblo y muchos se echaron a nado. La galera había llegado ya ante la puerta erizada de clavos. Se levantó esta y la trirreme desapareció bajo la profunda bóveda.
El puerto militar estaba completamente separado de la ciudad. Cuando venían embajadores tenían que pasar entre dos murallas, por un corredor que desembocaba a la izquierda, ante el templo de Kamón. Esta gran plaza de agua, redonda como una copa, tenía un cerco de muelles en los que había dársenas para abrigar los bajeles. Delante de cada una de estas subían dos columnas, con cuernos de Ammón en sus capiteles, lo que constituía una sucesión de pórticos alrededor del puerto. En medio, en una isla, se levantaba la casa del Sufeta del mar.
El agua era tan limpia que se veía el fondo, pavimentado con guijarros blancos. El ruido de las calles no llegaba hasta allí; a su paso veía Amílcar las trirremes que antes había mandado.
Ya no quedaban arriba de una veintena de estas, varadas o con la quilla al aire, con las popas muy altas y las proas abombadas, cubiertas de dorados y de símbolos místicos. Las quimeras habían perdido sus alas; los dioses Pateques, sus brazos; los toros, sus cuernos de plata, y todas medio despintadas, inertes, podridas, pero llenas de historia y exhalando aún el olor de los viajes, como soldados mutilados que volvían a ver a su jefe y parecían decirle: ¡Somos nosotras, somos nosotras!; ¡y tú también eres un vencido!
Ninguno, excepto el Sufeta del mar, podía entrar en la casa-almirante. En tanto no se tenía la prueba de su muerte, se le consideraba siempre como vivo. Los Ancianos evitaban por este medio un jefe más; con respecto a Amílcar, no habían faltado a la costumbre.
El Sufeta entró en las desiertas habitaciones. A cada paso encontraba armaduras, muebles, objetos conocidos y que, sin embargo, le extrañaban; en el vestíbulo se conservaba todavía, en una cazoleta, la ceniza de los perfumes quemados en la partida para conjurar a Melkart. ¡No esperaba Amílcar volver de este modo! Recordó cuanto hiciera y cuanto vio: asaltos, incendios, legiones, tempestades, Drepanum, Siracusa, Lilibea, el monte Etna, la planicie de Erix, cinco años de batallas hasta el funesto día en que, deponiendo las armas, se perdió Sicilia. Después volvía a ver los bosques de limoneros, los pastores con cabras en las montañas grises, y su corazón brincaba al pensar en otra Cartago fundada en otra orilla. Sus proyectos, sus recuerdos zumbaban en su cabeza, aún aturdida por el vaivén del bajel; le abrumaba la angustia, y débil, de pronto, sintió la necesidad de acercarse a los dioses.
Para esto subió al último piso de la casa, y sacando de una concha de oro, suspendida de su brazo, una espátula guarnecida con clavos, abrió una pequeña habitación oval, alumbrada tibiamente por delgadas rodajas negras, empotradas en la muralla y transparentes como vidrio.