Entre las filas de aquellos discos iguales, había agujeros parecidos a los de las urnas de un columbario. Cada uno contenía una piedra redonda, obscura, y que parecía muy pesada. Las personas de espíritu superior eran las únicas que adoraban estas abadires caídas de la luna. Por su caída, significaban los astros, el cielo, el fuego; por su color, la noche tenebrosa, y por su densidad, la cohesión de las cosas terrestres. Una pesada atmósfera llenaba el místico recinto. Arena marina que el viento había empujado sin duda a través de la puerta, blanqueaba en cierto modo las piedras redondas metidas en los nichos. Amílcar, con la punta del dedo, las contó una a una; luego se tapó la cara con un velo de color de azafrán y, cayendo de rodillas, se echó en el suelo con los brazos extendidos.

La luz del día penetraba por los vidrios negros; arborescencias, montículos, torbellinos, contornos de vagos animales se dibujaban en la espesura diáfana; y la luz llegaba terrible y pacífica sin embargo, como debe existir por detrás del sol, en los obscuros espacios de las creaciones futuras. Barca se esforzaba en alejar de su pensamiento todas las formas, todos los símbolos y los nombres de los dioses, a fin de recoger el espíritu inmutable que las apariencias ocultan. Algo de las vitalidades planetarias se infiltraba en él, en tanto sentía hacia la muerte y hacia todos los azares un desdén más sabio y más intrépido. Al levantarse, estaba lleno de un valor sereno, invulnerable a la misericordia y al temor, y como sentía oprimido el pecho, subió a la torre que dominaba a Cartago.

La ciudad se extendía ahondándose en una larga curva, con sus cúpulas, sus templos, sus techos de oro, sus casas, sus palmares, sus bolas de vidrio, que resplandecían como fuego, y sus fortificaciones, que constituían como la gigantesca orla de este cuerno de abundancia que se abría hacia él. Amílcar distinguió abajo los puertos, las plazas, el interior de los patios, el trazado de las calles y los hombres parecían muy pequeños a ras del pavimento. ¡Ah! ¡Si Hannón no hubiera llegado demasiado tarde a las islas Egates! Su mirada se abismó en el límite del horizonte y extendió hacia Roma sus brazos temblorosos.

La multitud ocupaba las gradas de la Acrópolis. En la plaza de Kamón se empujaban por ver salir al Sufeta, y las azoteas se iban poblando de gente; algunos le vieron, le saludaron, y él se retiró, a fin de excitar más la impaciencia del pueblo.

Amílcar encontró en la sala a los hombres más importantes de su partido: Istatten, Subeldia, Hictamon, Jeubas y otros, los cuales le contaron todo lo que había pasado desde la firma de la paz: la avaricia de los Ancianos, la partida de los soldados y su vuelta, sus exigencias, la captura de Giscón y el robo del zaimph; Útica socorrida y luego abandonada; pero ninguno se atrevió a hablarle de los sucesos que le concernían. Y se separaron para volver a verse a la noche en la Asamblea de los Ancianos, en el templo de Moloch.

Acababan de salir, cuando un tumulto estalló junto a la puerta. A pesar de los servidores, alguien quería entrar, y como el ruido aumentase, Amílcar mandó que introdujeran a quien fuese.

Y compareció una negra vieja, encorvada, arrugada, temblorosa, de aire estúpido y envuelta hasta los talones en largos velos azules. Se adelantó hacia el Sufeta, y los dos se miraron. De Pronto, Amílcar se estremeció, y a una orden suya, se retiraron los esclavos. Entonces, haciéndole una señal para que anduviera con precaución, él la llevó por el brazo a una habitación apartada.

La negra se tiró al suelo para besarle los pies; él la levantó brutalmente.

—Iddibal, ¿dónde le dejaste?

—¡Allá abajo, amo!