Y quitándose los velos, se frotó la cara con la manga, y el color negro, el temblor senil, el talle encorvado desaparecieron. Era un robusto anciano, cuya piel parecía curtida por la arena, el viento y el mar. Una borla de cabellos blancos se levantaba sobre su cráneo, como el moño de un pájaro, y con mirada irónica mostraba el disfraz caído en el suelo.

—Hiciste bien, Iddibal; muy bien... ¿Hay alguno que sospeche?

El viejo le juró por los Kabiros que el secreto estaba oculto. No abandonaban su cabaña, a tres días de Hadrumeto, orilla poblada de tortugas, con palmeras en la duna.

—Y conforme a tu mandato, Amo, yo le enseño a lanzar la azagaya y guiar equipos.

—¿Es fuerte?

—Sí, amo, y también intrépido. No tiene miedo ni de las serpientes, ni del trueno, ni de los fantasmas. Corre con los pies desnudos, como un pastor, al borde de los precipicios.

—¡Habla! ¡Habla!

—Inventa trampas para las bestias feroces. La otra luna sorprendió a un águila; la sangre del ave y la del niño caía en el aire en anchas gotas, como rosas volanderas. Furiosa el águila, envolvía al niño con su batir de alas; él la apretaba contra su pecho, y a medida que el ave agonizaba, redoblaban sus risas, sonoras y soberbias como choques de espadas.

Amílcar bajaba la cabeza, deslumbrado por estos presagios de grandeza.

—Pero desde hace algún tiempo se muestra inquieto. Contempla a lo lejos las velas que pasan por el mar; está triste; rehúsa el pan, se informa de los dioses y quiere conocer Cartago.