—¡No, no; todavía no! —contestó el Sufeta.
El viejo esclavo pareció conocer el peligro que asustaba a Amílcar, y añadió:
—¿Cómo contenerle? Necesito prometerle algo, y he venido a Cartago para comprarle un puñal con mango de plata incrustado de perlas.
En seguida contó que habiendo visto al Sufeta en la terraza, se hizo pasar por una de las mujeres de Salambó, para que los guardas del puerto le franqueasen la entrada.
Amílcar quedó un rato pensativo.
—Mañana —dijo al esclavo— te presentarás en Megara, al ponerse el sol, detrás de las fábricas de púrpura, e imitarás tres veces el grito del chacal. Si no me vieras, vendrás a Cartago el primer día de cada luna. ¡No olvides nada! ¡Cuídale! Ya puedes hablarle de Amílcar.
El esclavo volvió a ponerse su disfraz, y los dos salieron juntos de la casa y del puerto.
Amílcar siguió solo y a pie, sin escolta, porque las reuniones de los Ancianos eran siempre secretas en circunstancias extraordinarias, y a ellas se iba misteriosamente.
Primeramente atravesó la parte oriental de la Acrópolis; pasó en seguida por el mercado de hierbas, las galerías de Kinvido y el arrabal de los perfumistas. Las escasas luces se extinguían, las calles más anchas se quedaban silenciosas, y después todo eran sombras que resbalaban en las tinieblas. Aparecían unas, y otras las seguían, y todas se dirigían del lado de los Mapales.
El templo de Moloch estaba edificado al pie de una garganta escarpada, en un lugar siniestro. Desde abajo no se veían más que altas murallas que subían indefinidamente, así como paredes de una monstruosa tumba. La noche era sombría y una bruma gris parecía pesar sobre el mar, que azotaba el acantilado con un ruido de gemidos y de estertores; las sombras desaparecieron poco a poco, como si hubieran pasado a través de los muros.