Pero así que se atravesaba la puerta, se entraba en un vasto patio cuadrangular, con soportales. En medio se levantaba una masa arquitectónica, de ocho pisos iguales, coronada de cúpulas que se apretaban alrededor de un segundo piso, el cual soportaba una especie de rotonda, de la que emergía un cono de curva reentrante, rematado por una bola.

Ardían fuegos en los cilindros de filigrana, adheridos a varales llevados por hombres. Estas luces oscilaban con las borrascas del viento, enrojeciendo los peines de oro que fijaban en la nuca sus cabellos trenzados. Corrían y se llamaban unos a otros, para recibir a los Ancianos.

Sobre las losas, estaban agazapados como esfinges enormes leones, símbolos vivientes del sol devorador. Movían los párpados medio cerrados; pero despiertos por las pisadas y las voces, se levantaban lentamente, yendo hacia los Ancianos, a los que conocían por su traje; se frotaban contra sus muslos, erizando el lomo, con sonoros bostezos, y el vapor de su aliento velaba la luz de las antorchas. Redobló la agitación, se cerraron las puertas, huyeron todos los sacerdotes y desaparecieron los Ancianos bajo las columnas que formaban un hondo vestíbulo alrededor del templo.

Estas estaban dispuestas de modo que reprodujeran por sus rangos circulares, comprendidas las unas en las otras, el período saturniano con los años, los años con los meses, los meses con los días, tocándose al fin con la muralla del santuario.

Aquí era donde los Ancianos dejaban sus bastones de cuernos de narval, porque una ley, siempre observada, castigaba con la muerte al que entrara en la sesión con un arma cualquiera. Muchos llevaban al borde del manto una rasgadura terminada por un galón de púrpura, para demostrar así que al llorar la muerte de sus parientes, no se habían cuidado de sus vestidos; y esta prueba de aflicción impedía que el rasgón se hiciera más grande. Otros guardaban su barba cerrada en un saquito de piel violeta, colgado de las orejas por dos cordones. Todos se juntaron, abrazándose, pecho con pecho. Rodeaban a Amílcar y le felicitaban; hubiérase dicho que eran hermanos que volvían a ver a otro hermano.

Estos hombres eran casi todos ventrudos, de nariz encorvada como la de los colosos asirios; si bien algunos, por sus pómulos más salientes, su estatura más alta y sus pies más estrechos, revelaban un origen africano, de ascendientes nómadas. Aquellos que vivían continuamente en el fondo de sus oficinas, tenían la cara pálida; otros llevaban pintada en ellas algo de la severidad del desierto; joyas extrañas brillaban en los dedos de sus manos, tostadas por soles desconocidos. Conocíanse los navegantes en el balanceo de su andar, en tanto que los hombres agrícolas olían a lagar, a hierbas secas y a sudor de mulo. Estos viejos piratas hacían labrar los campos; estos acaparadores de dinero equipaban navíos; estos propietarios agrícolas sostenían esclavos que desempeñaban otros oficios útiles. Todos eran sabios en disciplina religiosa, expertos en estratagemas, implacables y ricos. Tenían aspecto de estar fatigados por hondas cuitas. Sus ojos, llenos de llamas, miraban con desconfianza, y la costumbre de viajar y de mentir, del tráfico y del mando, daban a todos ellos un aspecto de astucia y de violencia y de cierta brutalidad discreta y convulsiva. La influencia del Dios les ponía sombríos.

Primero pasaron por un salón abovedado, que tenía la forma de huevo. Siete puertas, correspondientes a los siete planetas, describían en la muralla otros tantos cuadrados de color diferente. Pasando otra gran cámara entraron en otra sala parecida.

Un candelabro, enteramente cubierto de flores cinceladas, brillaba en el fondo, y cada uno de sus ocho brazos de oro llevaba en un cáliz de diamantes una mecha de viso. Estaba puesto encima de la última de las gradas de un gran altar, de ángulos terminados por cuernos de cobre. Dos escaleras laterales conducían a su cima aplanada; no se veían las piedras; era como una montaña de cenizas, y algo indeciso humeaba lentamente encima. Más alto que el candelabro y mucho más arriba que el altar, se erguía Moloch, forrado en hierro, con pecho humano horadado de aberturas. Sus alas abiertas se desplegaban en la pared, sus manos alargadas llegaban hasta el suelo; tres piedras negras, incrustadas en un círculo amarillo, representaban tres pupilas en su frente, y con terrible esfuerzo levantaba su cabeza de toro, como para mugir.

En torno de la estancia había asientos de ébano, y detrás de cada uno de estos, un trípode de bronce, formado por tres garras, sostenía una antorcha. Todas estas luminarias se reflejaban en las losas de nácar que pavimentaban la sala, la cual era tan alta que el rojo color de sus paredes, subiendo hasta la bóveda, se hacía negro, apareciendo los tres ojos del ídolo en lo alto, como estrellas medio perdidas en la noche.

Sentáronse los Ancianos en los escabeles de ébano, poniendo encima de su cabeza la cola de su túnica. Estaban inmóviles, con las manos cruzadas en sus anchas mangas, y el enlosado de nácar parecía un río luminoso que, viniendo del altar hacia la puerta, corría bajo sus pies desnudos.