—¡Nos hacía falta! —dijeron los jefes de los Sisitas.
—¡Y cuando mis asuntos iban de mal en peor, bebíamos orines de mulas y comíamos las correas de nuestras sandalias; cuando yo quería que cada brizna de hierba fuera un soldado y formar batallones con la podredumbre de los muertos, me quitasteis el resto de mis bajeles!
—¡No podíamos arriesgarlo todo! —respondió Baat-Baal, dueño de minas de oro en la Getulia Daritiana.
—¿Qué hacíais aquí, en Cartago, en vuestras casas, al amparo de las murallas? Había galos en el Eridano, que convenía empujar; cananeos en Cirene, que hubieran venido, y mientras los romanos enviaban embajadores a Tolomeo...
—¡Ahora le da por alabar a los romanos!... ¿Cuánto te han dado para que los defiendas?
—¡Preguntádselo a las llanuras del Brucio, a las ruinas de Locres, de Metaponto y de Heraclea! Yo he incendiado todos sus árboles, he saqueado sus templos y matado hasta a los nietos de sus nietos...
—¡Eh! ¡Tú declamas como un retórico! —dijo Kapuras (comerciante muy ilustrado)—. ¿Qué es lo que quieres?
—Digo que hay que ser más ingenioso o más terrible. Si el África entera rechaza vuestro yugo, es que sois unos amos débiles que no sabéis uncirlo a su cerviz. Agatocles, Régulo, Cepio, todos los hombres atrevidos, no tienen más que desembarcar para tomarla; y cuando los libios que están en el Oriente se entiendan con los númidas que están en el Occidente, y los nómadas vengan del Sur y los romanos del Norte...
Un grito de horror se alzó.
—¡Oh, entonces os golpearéis el pecho, os revolcaréis en el polvo y rasgaréis vuestros mantos! ¡No importa! Habrá que ir a dar vuelta a la muela en la Suburra y vendimiar en las colinas del Lacio.