Los contrarios se daban palmadas en el muslo derecho para significar su escándalo, y las mangas de sus túnicas se levantaban como grandes alas de pájaros asustados. Amílcar, llevado por su cólera, continuaba de pie en la grada más alta del altar, tembloroso, terrible; levantaba los brazos, y los rayos del candelabro que alumbraba tras él le pasaban entre los dedos como dardos de oro.
—Vosotros perderéis vuestras naves, vuestros campos, vuestros carros, vuestros lechos suspendidos y las esclavas que os frotan los pies. Los chacales dormirán en vuestros palacios, el arado labrará vuestras tumbas. No habrá más que gritos de águilas y montones de ruinas. ¡Tú caerás, Cartago!
Los cuatro pontífices extendieron las manos para apartar el anatema. Todos se habían levantado; pero el Sufeta del mar, magistrado sacerdotal bajo la protección del Sol, era inviolable en tanto no fuera juzgado por la Asamblea de los Ricos. El altar inspiraba miedo. Retrocedieron.
Amílcar no hablaba ya. Fija la mirada, y con el semblante más pálido que las perlas de su tiara, jadeaba, casi asustado de sí mismo y con el espíritu perdido en visiones fúnebres. En la altura en que estaba, todas las antorchas de los pies de bronce le parecían una vasta corona de fuegos a ras de las losas; negra humareda subía por las tinieblas de la bóveda, y fue tan profundo el silencio, durante algunos minutos, que se oía el ruido del mar a lo lejos.
Después, los Ancianos hicieron preguntas. Sus intereses, sus vidas, estaban amenazados por los bárbaros; pero no se les podía vencer sin el socorro del Sufeta, y esta consideración, no obstante su orgullo, les hizo olvidar todo lo demás. Llamaron aparte a sus amigos; hubo reconciliaciones interesadas, acomodamientos y promesas. Amílcar no quería formar parte de ningún gobierno. Todos le conjuraron a cambiar de idea; se lo suplicaban; y como la palabra «traición» se dejara oír, se sulfuró. El único traidor era el Gran Consejo, porque expirando el contrato de los soldados con la guerra, quedaban libres terminada esta; exaltó la valentía del ejército y todas las ventajas que se podrían sacar interesándoles a favor de la República con donaciones y privilegios.
Entonces Magdasan, antiguo gobernador de provincias, dijo, revolviendo sus ojos amarillos:
—Realmente, Barca, a fuerza de viajar, te has vuelto griego, o latino, o no sé qué. ¿Qué recompensas pides para estos hombres? ¡Mueran diez mil bárbaros antes que uno solo de nosotros!
Aprobaban los Ancianos con la cabeza, murmurando:
—Sí; no hay que apurarse: se encuentran mercenarios en todo tiempo.
—Y se les despide cuando se quiere, ¿no es así? Se les abandona, como hicisteis en Cerdeña. Se avisó al enemigo el camino que habían de tomar, como con los galos en Sicilia, o bien se les desembarca en medio del mar. A mi vuelta, he visto la roca blanqueada con sus huesos.