—¡Qué desgracia! —dijo imprudentemente Kapuras.
—¿Acaso no se volvieron cien veces al enemigo? —decían otros.
Amílcar respondió:
—¿Por qué, pues, no obstante vuestras leyes, los llamasteis a Cartago? Y cuando estaban en la ciudad, pobres y en gran número, en medio de vuestras riquezas, ¿no se os ocurrió la idea de dividirlos, para debilitarlos con la desunión? ¡Los despedisteis con sus mujeres y sus hijos, sin guardar un solo rescate! ¡Creíais que se matarían para ahorraros el dolor de mantener vuestros juramentos! Los odiáis porque son fuertes, y a mí también porque soy su jefe. ¡Oh! Lo he conocido ahora, cuando me besabais las manos y os conteníais para no mordérmelas.
Si los leones que dormían en el patio hubieran entrado rugiendo, el clamor no hubiera sido tan espantoso. Pero el pontífice de Eschmún se levantó, y muy encarado y con los brazos abiertos, dijo:
—Barca, Cartago necesita que tú tomes el mando general de las fuerzas púnicas contra los mercenarios.
—Rehúso —contestó Amílcar.
—¡Te daremos plena autoridad! —dijeron los jefes de los Sisitas.
—No.
—Sin limitación de ningún género, sin copartícipes, con todo el dinero que pidas y todos los cautivos, todo el botín y cincuenta «zerets» de tierra por cada cadáver enemigo.