—¡No, no! Porque con vosotros es imposible vencer.
—¡Tiene miedo!
—Porque sois unos cobardes, avaros, ingratos y locos.
—¡Los defiende!... Para ponerse al frente de ellos —agregó alguien— y volverse contra nosotros.
Y desde el fondo de la sala, Hannón aulló:
—¡Quiere hacerse rey!
Entonces todos botaron, derribando los asientos y las antorchas; lanzáronse hacia el altar, blandiendo puñales. Amílcar sacó de las mangas dos anchas cuchillas y, medio doblado, con el pie izquierdo hacia adelante, encendidos los ojos y apretados los dientes, los desafió inmóvil bajo el candelabro de oro.
Resultaba que todos, por precaución, habían llevado armas, lo cual era un crimen. Como todos eran culpables, pronto se tranquilizaron, y volviendo la espalda al Sufeta, bajaron rabiosos de humillación. Por vez segunda retrocedían ante él. Por un rato, permanecieron de pie. Muchos que se habían herido en los dedos, se los llevaban a la boca o se los envolvían en la fimbria del manto; ya iban a marcharse, cuando Amílcar oyó estas palabras:
—¡Bah! ¡Es una delicadeza para no afligir a su hija!
Y una voz más alta, que añadió: