—No cabe duda, porque ella toma sus amantes entre los mercenarios.

Amílcar vaciló, y sus miradas buscaron rápidamente a Schahabarim. Únicamente el sacerdote de Tanit había permanecido en su puesto, y Amílcar vio de lejos su alto birrete. Todos se burlaban en su propia cara. A medida que aumentaba su angustia, redoblaba la alegría de ellos, y en medio de rechiflas, los que estaban detrás, gritaban:

—¡Le han visto salir de su habitación!

—¡Una mañana del mes de Tamuz!

—¡Es el ladrón del zaimph!

—¡Un hombre muy hermoso!

—¡Más grande que tú!

Amílcar se arrancó la tiara, insignia de su dignidad, su tiara de ocho rangos místicos, que llevaba en medio una concha de esmeralda, y con las dos manos, con toda su fuerza, la tiró al suelo; los círculos de oro, al romperse, rebotaron, y sonaron las perlas sobre las losas. Vieron entonces, en la blancura de su frente, una larga cicatriz que se agitaba como una serpiente, entre sus cejas; temblaba todo él. Subió una de las escaleras laterales que llevaban al altar y anduvo encima; lo cual era ofrecerse en holocausto a los dioses. El movimiento de su manto agitaba las luces del candelabro más abajo de sus sandalias, y el fino polvo que levantaban sus pasos le envolvía como una nube, hasta el vientre. Se detuvo entre las piernas del coloso de cobre. Tomó en sus manos dos puñados de este polvo, cuya sola vista hacía estremecer de horror a todos los cartagineses, y dijo:

—¡Por las cien antorchas de vuestras Inteligencias! ¡Por los ocho fuegos de los Kabiros! ¡Por las estrellas, los meteoros y los volcanes! ¡Por todo lo que arde, por la sed del Desierto y la salobridad del mar! ¡Por la caverna de Hadrumeto y el imperio de las Almas! ¡Por el exterminio, por la ceniza de vuestros hijos y la de los hermanos de vuestros abuelos, con la que ahora voy a confundir la mía! ¡Vosotros, los Ciento de Cartago, vosotros habéis mentido acusando a mi hija! ¡Y yo, Amílcar Barca, Sufeta del mar, jefe de los Ricos y dominador del pueblo, juro ante Moloch, de cabeza de toro!...

Esperaban oír todos algo espantoso, pero él dijo, con voz más alta, pero más calmosa: