—¡Que ni yo mismo la hablaré!
Entraron los servidores sagrados de los peines de oro, unos con esponjas de púrpura y otros con palmas. Levantaron la cortina de jacinto extendida ante la puerta, y por la abertura de este ángulo se vio en el fondo de las otras salas el gran cielo rosado, que parecía continuar la bóveda, apoyándose en el horizonte sobre el mar azul. Subía el sol, saliendo de entre las olas, y dando de pronto en el pecho del dios de cobre, dividido en siete compartimentos que formaban rejas, le hizo abrir las fauces de rojos dientes, con horrible bostezo y dilatar sus enormes narices. La luz del día le animaba, le daba un aire terrible e impaciente, como si quisiera saltar afuera para mezclarse con el astro y recorrer juntos las inmensidades.
Las antorchas esparcidas por el suelo seguían ardiendo, alargándose aquí y acullá sobre el nácar, como manchas de sangre. Los Ancianos vacilaban agotados; aspiraban con ansia la frescura del aire, corría el sudor por sus caras lívidas; a fuerza de haber gritado, ya no se oían. Pero su cólera contra el Sufeta no se había calmado, y a modo de despedida le amenazaban, respondiéndoles Amílcar.
—Mañana por la noche, Barca, en el templo de Eschmún.
—Iré.
—Te haremos condenar por los ricos.
—Y yo a vosotros por el pueblo.
—Ten cuidado no mueras en la cruz.
—Y vosotros destrozados en las calles.
Así que salieron del patio, recobraron todos la calma.