A la puerta les esperaban sus cocheros y criados. La mayor parte se fueron en mulas blancas. El Sufeta saltó a su carro y tomó las riendas; los dos animales, retorciendo las colas y golpeando con cadencia las piedras, que rebotaban, subieron al galope la vía de los Mapales; el buitre de plata, en la punta de la lanza del carro, parecía volar: tal era la velocidad del vehículo.

El camino atravesaba un campo salpicado de túmulos, como pirámides, con una mano abierta tallada en medio, como si el muerto enterrado debajo la tendiera hacia el cielo para reclamar algo. Seguían luego cabañas diseminadas, hechas de barro, de ramas, o de varales de juncos, todas ellas en forma cónica, separadas irregularmente por tapias de guijarros, por acequias, por cuerdas de esparto o por setos de nogales y que se amontonaban conforme se iba subiendo a las huertas del Sufeta. Pero la mirada de Amílcar convergía hacia una gran torre cuyos tres pisos formaban tres monstruosos cilindros: el primero construido de piedra, el segundo de ladrillos y el tercero enteramente de cedro, soportando una cúpula de cobre sobre veinticuatro columnas de enebro, de donde caían, a modo de guirnaldas, cadenetas de oro entrelazadas. Tan alto edificio dominaba los que se extendían a la derecha, los almacenes y la casa de comercio, en tanto que el palacio de las mujeres se erguía en el fondo de cipreses alineados como dos muros de bronce.

Cuando el resonante carro entró por la estrecha puerta, paró en un ancho cobertizo, donde los caballos, trabados, comían montones de heno.

Acudieron todos los criados, que eran una multitud, porque por miedo a los soldados habían venido a Cartago los colonos del campo. Los labradores, vestidos con pieles de animales, arrastraban cadenas sujetas a los tobillos; los obreros de manufacturas de púrpura tenían rojos los brazos, como verdugos; los marinos llevaban birretes verdes; los pescadores, collares de coral, y la gente de Megara vestía túnicas blancas o negras, calzón de cuero y gorros de paja, de fieltro o de tela, según su servicio o la industria que ejercían.

Atrás se apretujaba la plebe vestida de andrajos; eran los que vivían sin oficio ni beneficio, lejos de las casas, durmiendo de noche en las huertas, devorando las sobras de las cocinas; roña humana que vegetaba a la sombra del palacio. Amílcar los toleraba, más por precisión que por desdén. Todos, en prueba de alegría, se habían puesto una flor en la oreja; muchos de ellos no habían visto nunca al Sufeta.

Unos hombres, tocados como esfinges y con largos bastones, se lanzaron sobre esta turba, dando golpes a diestro y siniestro, a fin de contener a los esclavos afanosos de ver al amo y que este no se fuera atropellado por el número o molestado por el tufo de los miserables.

Todos estos se echaron boca abajo en el suelo gritando: «Ojo de Baal, florezca tu casa.» Y entre estos hombres así acostados en la avenida de los cipreses, el primer intendente, Abdalonim, con mitra blanca, se adelantó hacia Amílcar, con un incensario en la mano.

Bajaba Salambó por la escalinata de las galeras. Detrás de ella venían todas las mujeres, siguiéndola paso a paso. Las cabezas de las negras formaban grandes puntos negros en la línea de vendas con placas de oro que ceñían la frente de las romanas. Otras tenían en el cabello flechas de plata, mariposas de esmeraldas o largos alfileres que remataban en soles. Sobre estas vestiduras blancas, amarillas y azules, resplandecían los anillos, broches, collares, franjas y brazaletes; se oía el ruido de las sandalias juntamente con el de los pies desnudos que hollaban el entarimado de las gradas, y un eunuco, tan alto que sobresalía sobre los hombros de las mujeres, sonreía complacido. Así que se calmó la aclamación de los hombres, ellas, tapándose las caras con las mangas, lanzaron un extraño grito, semejante al aullido de una loba, tan furioso y estridente, que la gran escalera de ébano, llena de mujeres, parecía vibrar como una inmensa lira.

El viento levantaba sus velos y los menudos tallos de papiro se balanceaban suavemente. Era el mes de Schebar, en pleno invierno. Los granados en flor se destacaban en el azul del cielo, y a través de las ramas aparecía el mar con una isla en lontananza, medio perdida entre la bruma.

Detúvose Amílcar al ver a Salambó. Le había nacido después de habérsele muerto muchos hijos varones. El nacimiento de una hija se consideraba como una calamidad en las religiones del Sol. Los dioses le enviaron un hijo más tarde; pero Amílcar conservaba algo de la amargura de su esperanza fallida y como el eco de la maldición que había pronunciado contra Salambó. Esta seguía andando.