¿Era esto una confesión, o se refería a los bárbaros? Amílcar añadió algunas palabras vagas sobre los asuntos públicos que esperaba arreglar solo.
—¡Oh, padre! —exclamó Salambó—; ¡no podrás reparar lo que es irreparable!
Amílcar retrocedió y Salambó extrañaba este asombro; porque ella no se refería a Cartago, sino al sacrilegio que la tenía obsesionada. El hombre que hacía temblar las legiones y al que apenas conocía ella, le asustaba como un dios; lo había adivinado y sabido todo; algo terrible iba a acontecer, y exclamó:
—¡Perdón!
Amílcar bajó lentamente la cabeza.
Por más que ella quería culparse, no osaba abrir los labios, y sin embargo, hervía en deseos de quejarse y de ser consolada. Amílcar reprimía el ansia de quebrantar su juramento. Tenía a orgullo o temor concluir con su incertidumbre, y miraba a su hija de hito en hito, para leer en el fondo de su corazón.
Poco a poco, iba Salambó hundiendo la cabeza entre los hombros, intimidada por esta mirada tan persistente. Él estaba seguro ahora de que ella había caído en el lazo de un bárbaro; y, convulso, la amenazó con los puños. Exhaló Salambó un grito y cayó en brazos de sus mujeres, que se agruparon en torno de ella.
Amílcar dio media vuelta y todos los intendentes le siguieron. Se abrió la puerta de los almacenes y entró en una vasta sala redonda, a la que afluían como los radios al cubo de una rueda, largos pasillos que llevaban a otras salas. Un disco de piedra se levantaba en el centro, con balaustres para sostener almohadones acumulados sobre tapices.
El Sufeta paseó primero a grandes pasos, respirando ruidosamente, pasándose la mano por la frente como aquel a quien molestan las moscas. Sacudió la cabeza, y ante el cúmulo de sus riquezas y ante la perspectiva de los corredores que llevaban a otras salas repletas de más tesoros, se calmó. Placas de bronce, lingotes de plata y barras de hierro alternaban con salmones de estaño traídos de las Casitérides por el mar Tenebroso; gomas del país de los negros desbordaban en sacos de corteza de palmera; y el polvo de oro, apilado en odres, se escapaba insensiblemente por las costuras demasiado viejas. Delgados filamentos, sacados de plantas marinas, colgaban entre linos de Egipto, de Grecia, de Trapobana y de Judea; madréporas, como grandes arbustos, se erizaban al pie de las paredes, y un olor indefinible se exhalaba de los perfumes, de los cueros, de las especias y de las plumas de avestruz atadas en grandes manojos en lo alto de la bóveda. Delante de cada corredor, unos colmillos de elefante en posición vertical, se reunían por las puntas formando un arco alrededor de la puerta.
Amílcar subió al disco de piedra. Todos los intendentes estaban con los brazos cruzados y baja la cabeza, en tanto que Abdalonim ostentaba orgulloso su mitra puntiaguda.