Amílcar interrogó al Jefe de las naves, viejo piloto de párpados comidos por el viento, con blancos copos en la barba, como si llevara con él la espuma de las tempestades. Contestó que había enviado una flota por Gades y Timiamata, para lograr arribar a Eciongaber, doblando el Cuerno del Sur y el Promontorio de los Aromas.

Otras habían navegado al Oeste, durante cuatro lunas, sin encontrar orillas; pero la proa de las naves tropezaba con hierbas, el horizonte resonaba continuamente con el ruido de las cataratas, brumas sanguinolentas obscurecieron el sol, y una brisa impregnada de perfumes adormecía a las tripulaciones; ahora, estas nada podían decir, porque tenían turbada la memoria. Sin embargo, uno había remontado el río de los Escitas, penetrado en la Cólquida, entre los Jugrianes y los Estienos, raptado en el Archipiélago mil quinientas vírgenes y hundido todos los bajeles extranjeros que navegaban más allá del Cabo Estriava, para que el secreto de las rutas no fuera conocido. El rey Tolomeo acaparaba el incienso de Eschebar; Siracusa, El Atia, Córcega y las demás islas no habían dado nada, y el viejo piloto bajaba la voz para anunciar que habían tomado los númidas una trirreme en Rusicada, «porque están con ellos, amo».

Amílcar frunció las cejas; luego hizo seña de que hablara el Jefe de los viajes, que vestía una túnica parda sin cinturón y se envolvía la cabeza en una banda blanca, que pasando por el borde de la boca le caía por detrás sobre la espalda.

Las caravanas habían partido con regularidad en el equinoccio de invierno. Pero de mil quinientos hombres que marcharon a la extrema Etiopía con buenos camellos, odres nuevos y provisiones de telas pintadas, solo volvió uno a Cartago; los restantes habían sucumbido de fatiga o enloquecido por el terror del desierto. Añadía el jefe haber visto, más allá del Arusch Negro, pasado el país de los atarantes y de los monos grandes, reinos inmensos en los que los más ínfimos utensilios eran de oro; un río color de leche, ancho como un mar; bosques de árboles azules, de colinas de plantas aromáticas; monstruos con cara humana vegetaban en las rocas y sus pupilas se secaban como flores. Detrás de los lagos infestados de dragones, unas montañas de cristal soportaban el sol. Otros habían vuelto de la India con pavos reales, pimienta y tejidos nuevos. En cuanto a los que iban a comprar calcedonias por el camino de las Sirtes y el templo de Ammón, sin duda perecieron en los arenales. Las caravanas de la Getulia y de Fazzana suministraron sus acostumbrados ingresos; pero el jefe no se atrevía por ahora a equipar otras.

Comprendió Amílcar que era porque los mercenarios ocupaban la campiña. Con sordo gemido se reclinó sobre el otro codo, y el Jefe de las granjas tenía tanto miedo de hablarle, que temblaba horriblemente, no obstante sus enormes espaldas y sus grandes pupilas rojas. Su cara, roma como la de un dogo, iba coronada por una red de hilos de cortezas; ceñía un cinturón de piel de leopardo con pelos, en el que relucían dos formidables cuchillos.

No bien se volvió Amílcar a él, gritó invocando a todos los Baales. La culpa no era suya, ¡nada podía hacer! Había observado las temperaturas, los terrenos y las estrellas; hecho las plantaciones en el solsticio de invierno, las podas de los árboles en el curso de la luna, inspeccionado a los esclavos, economizado ropa...

A Amílcar le irritaba esta locuacidad; pero el hombre de los cuchillos siguió diciendo atropelladamente:

—¡Ah, amo! ¡Todo lo han saqueado y destruido! Tres mil pies de árboles han sido cortados en Marchala, saqueados los graneros en Ubada y cegadas las cisternas. En Tedes se han llevado mil quinientos gomores de harina; en Marazzana, matado a los pastores, comido los rebaños, quemado la casa, tu hermosa casa de vigas de cedro que tú habitabas en el verano. Los esclavos de Tuburdo, que segaban la cebada, huyeron a las montañas; y los asnos, las mulas, los burdéganos, los bueyes de Taormina y los caballos oringes fueron todos robados, sin que quedara uno. ¡Es una maldición! Yo no sobreviviré a ella —y añadía llorando—: ¡Ah! ¡Si hubieras visto lo colmados que estaban los graneros y lo relucientes de las carretas! ¡Ah, los hermosos carneros! ¡Ah, los hermosos toros!

A Amílcar le ahogaba la cólera, y esta estalló:

—¡Cállate! ¿Acaso soy un pobre? ¡No mientas! ¡Di la verdad! ¡Quiero saber todo lo que he perdido, hasta el último siclo, hasta el último cab. Abdalonim, tráeme las cuentas de los bajeles, las de las caravanas, las de las granjas y las de la casa! Si vuestra conciencia está turbada, ¡ay de vuestras cabezas! ¡Fuera de aquí!