Todos los intendentes salieron a reculones y encorvados hasta el suelo.
Abdalonim fue a tomar en una casilla de la pared cuerdas con nudos, bandas de tela o de papiro y omoplatos de carnero llenos de señales escritas. Puso todo a los pies de Amílcar y en sus manos un cuadro de madera con tres hilos interiores de estaño enhebrados en bolas de oro, de plata y de cuerno, y empezó diciendo:
—Ciento noventa y dos casas en los Mapales, alquiladas a los cartagineses nuevos a razón de un beka por luna.
—No, ¡es demasiado! Alivia a los pobres. Escribirás los nombres de aquellos que te parezcan más audaces, procurando saber si son adictos a la República. ¡Después!
Dudaba Abdalonim, sorprendido de esta generosidad. Amílcar le arrancó de las manos las bandas de tela.
—¿Qué es esto? ¿Tres palacios alrededor de Kamón, a doce kesitath al mes? Pon veinte. No quiero que los ricos me devoren.
El intendente de los intendentes, después de un largo saludo, añadió:
—Prestado a Tigillas, hasta el fin de la estación, dos kikar al tres por ciento de interés marítimo; a Bar-Malkarth, quinientos siclos, con la prenda de treinta esclavos. Doce de estos han muerto en las marismas.
—¡Porque no eran robustos! —dijo riendo el Sufeta—. No importa: si necesita dinero, dáselo. Siempre se debe prestar y a distinto interés, según la riqueza de las personas.
Entonces el servidor se apresuró a leer todo lo que habían producido las minas de hierro de Annaba, las pesquerías de coral, las fábricas de púrpura, el arriendo del impuesto a los griegos domiciliados, la exportación de la plata a Arabia, donde valía diez veces el oro, las capturas de naves, deducción hecha del diezmo para el templo de la Diosa.