—¡Siempre he declarado un cuarto de menos, amo!

Amílcar contaba con las bolas, que sonaban en sus dedos.

—¡Basta! ¿Qué has pagado?

—A Estratónides, de Corinto, y a tres comerciantes de Alejandría, por estas letras que aquí están, diez mil dracmas atenienses y doce talentos de oro sirios. La alimentación de las tripulaciones, a veinte nimes de oro al mes por cada trirreme.

—Lo sé. ¿Cuántas se perdieron?

—Aquí está la cuenta en estas láminas de plomo. Respecto a las naves fletadas en común, como hubo que tirar la carga al mar, se han repartido las pérdidas entre los asociados. Por cuerdas tomadas a los arsenales y que ha sido imposible devolver, los Sisitas han exigido ochocientos kesitaths, antes de la expedición a Útica.

—¡Siempre ellos! —dijo Amílcar, pensativo, quedándose así algún tiempo, como abatido por el peso de todos los odios concitados contra él—. No veo los gastos de Megara...

Abdalonim, palideciendo, fue a tomar en otro casillero unas tablillas de sicomoro, atadas en paquetes con tiras de cuero.

Amílcar le escuchaba, curioso por los detalles domésticos y sometiéndose a la monotonía de la voz que enumeraba cifras, y Abdalonim se desalentaba. De pronto, dejó caer las hojas de madera y se tiró al suelo, de bruces, con los brazos extendidos, en la posición de un condenado. Amílcar, sin emocionarse, recogió las tablillas; y quedó estupefacto al ver que el gasto en un solo día llegaba a un exorbitante consumo de carne, pescados, pájaros, vinos y aromas; más platos rotos, esclavos muertos y tapices perdidos.

Abdalonim, siempre prosternado, le enteró del festín de los bárbaros. No pudo sustraerse a la orden de los Ancianos. Además, Salambó quiso que se prodigara el dinero para obsequiar mejor a los soldados.