Al oír el nombre de su hija, Amílcar se levantó de un salto; rechinando los dientes, se agarró a los almohadones, rasgando las franjas con las uñas.
—¡Levántate! —dijo, y salió.
Seguíale Abdalonim, temblándole las rodillas, hasta que cogiendo una barra de hierro se dio, como un furioso, a levantar losas. Saltó un disco de madera y aparecieron en todo el largo del pasillo muchas de estas anchas coberteras que tapaban las fosas donde se conservaba el grano.
—¡Ya lo ves, Ojo de Baal! —dijo el servidor—, ¡no se lo llevaron todo! Cada una de estas tiene una profundidad de cincuenta codos y está colmada hasta el borde. Durante tu viaje, hice hacer excavaciones así, en los arsenales, en las huertas, en todas partes. Tu casa está repleta de trigo, como tu corazón de sabiduría.
Amílcar se sonrió:
—Está bien, Abdalonim... Pero haz venir más de la Etruria, del Brucio, de donde quieras y al precio que sea. Compra y almacena. Es preciso que yo solo posea todo el trigo de Cartago.
No bien llegaron al extremo del corredor, Abdalonim, con una de las llaves que colgaban de su cinturón, abrió una gran habitación cuadrangular, dividida en medio por pilares de cedro. Monedas de oro, de plata y de cobre, puestas en mesas o en nichos, se amontonaban a lo largo de las cuatro paredes, hasta las carreras del techo. Enormes rimeros de piel de hipopótamo soportaban en los rincones filas enteras de sacos más pequeños; montones de mil millones formaban pilas en el suelo, y aquí y allá, alguna demasiado alta, al romperse, daba la impresión de una columna rota.
Las grandes monedas de Cartago, que representaban a Tanit a caballo, debajo de una palmera, se confundían con las de las colonias, marcadas con un toro, una estrella, un globo o una luna en creciente. Luego se veían dispuestas, en sumas desiguales, monedas de todos los valores, de todas las dimensiones y de todas las épocas; desde las antiguas de Asiria, pequeñas como la uña, hasta las del Lacio, más grandes que la mano; botones de Egina, tablillas de la Bactriana, varillas cortas de la antigua Lacedemonia; muchas de ellas cubiertas de moho o de cardenillo, o ennegrecidas por el fuego por haber sido cogidas con redes o en los saqueos, entre los escombros de las poblaciones. Antes de que el Sufeta se diera cuenta de si todo aquel dinero era proporcional a las ganancias y pérdidas que había oído, reparó en tres jarras de cobre, enteramente vacías. Abdalonim volvió la cara, en señal de horror, y Amílcar, resignado, no dijo palabra.
Atravesando más corredores y salas, llegaron ante una puerta guardada por un hombre atado por el vientre a una larga cadena sujeta a la pared; costumbre romana, recién introducida en Cartago. Habían crecido extraordinariamente su barba y sus uñas, y se balanceaba de derecha a izquierda, con la oscilación continua de los animales cautivos. No bien reconoció a Amílcar, se dirigió a él, gritando:
—¡Perdón, Ojo de Baal! ¡Perdón, mátame! Diez años hace que no veo el sol. ¡En nombre de tu padre, perdón!