Fue a inspeccionar al otro lado de las huertas, en sus cabañas, a los artesanos domésticos, cuyos productos se vendían. Los sastres bordaban mantos, otros tejían redes, otros peinaban cojines y cortaban sandalias; obreros de Egipto, con una concha pulían papiros; chirriaba la lanzadera de los tejedores y resonaban los yunques de los armeros. Amílcar les dijo:

—¡Forjad espadas! ¡Forjadlas siempre; me harán falta!

Y sacó del pecho la piel de antílope macerada en venenos, para que se le cortase una coraza más sólida que las de cobre e inatacable por el hierro y por la llama.

Al acercarse a los obreros, Abdalonim, con el fin de desviar su cólera, procuraba irritarle contra ellos, denigrando sus trabajos:

—¡Es una vergüenza! Verdaderamente el amo es demasiado bueno.

Amílcar, sin hacerle caso, seguía adelante.

Se desanimó porque grandes árboles, enteramente calcinados, como en un bosque donde han acampado pastores, estorbaban el camino; las empalizadas estaban rotas, se perdía el agua de las acequias y entre linfas fangosas aparecían pedazos de vasos y huesos de monos.

Colgaba de los matorrales tal cual jirón de ropa, y flores podridas formaban un estiércol amarillo debajo de los limoneros. Los criados lo habían abandonado todo, creyendo que el amo no volvería.

A cada paso descubría Amílcar algún nuevo desastre y una prueba de aquello que no quería saber. Pero ahora manchaba sus borceguíes de púrpura hollando inmundicias; y sentía no tener aquellos hombres ante sí, a tiro de catapulta, para hacerlos volar en pedazos. Sentíase humillado por haberlos defendido; era un engaño, una traición, y como no podía vengarse ni de los soldados, ni de los Ancianos, ni de Salambó, ni de nadie, y su cólera necesitaba víctimas, mandó a las minas a todos los esclavos de las huertas.

Temblaba Abdalonim cada vez que le veía acercarse a los parques; pero Amílcar tomó el camino del molino, en donde se dejaba oír una melopea lúgubre.