En medio del polvo, movíanse las pesadas ruedas, es decir, dos conos de pórfido superpuesto, con un embudo el más alto, el cual giraba sobre el de abajo con ayuda de fuertes barras. Con el pecho y los brazos empujaban unos hombres, mientras otros tiraban, uncidos como animales. El roce de las barras había formado alrededor de sus sobacos costras purulentas, como se observa en el crucero de los asnos, y el andrajo negro y deshilachado que apenas cubría sus riñones colgaba de sus piernas como una larga cola. Los ojos estaban rojos, sonaban los hierros de sus pies y todos los pechos resollaban a un tiempo. Tenían en la boca, fijado por dos cadenetas de bronce, un bozal que les impedía comer la harina, y unos guanteletes sin dedos encerraban sus manos para que no la pudieran coger.

A la entrada del amo las barras de madera sonaron con más fuerza. Saltaba el grano al romperse. Muchos cayeron sobre las rodillas; los demás siguieron, pasándoles por encima.

Preguntó por Giddenem, gobernador de los esclavos, y compareció este personaje, mostrando su dignidad en la riqueza del vestido; porque su túnica, hendida por los lados, era de fina púrpura; pesados anillos colgaban de sus orejas, y para juntar las bandas que envolvían sus piernas, subía de los tobillos a la cadera un lazo de oro, como una serpiente enroscada a un árbol. En los dedos, cargados de sortijas, llevaba un collar de granos de piedras negras para conocer los hombres sujetos al mal sagrado.

Amílcar le hizo seña para que hiciera quitar los bozales. Entonces, todos, gritando como animales hambrientos, se echaron sobre la harina, devorándola con la cara metida en el montón.

—¡Los tienes extenuados! —dijo el Sufeta.

Giddenem alegó que esto era necesario para domarlos.

—No valía la pena de enviarte a Siracusa, a la escuela de los esclavos. ¡Haz venir a los demás!

Cocineros, despenseros, palafreneros, corredores, porteadores de literas, hombres de los baños y mujeres con sus hijos; todos se alinearon en el jardín, en una sola fila, desde la casa de comercio hasta el parque de las fieras. Silencio enorme llenaba Megara; todos contenían el aliento. El sol se prolongaba sobre la laguna, debajo de las catacumbas. Graznaban los pavos reales. Amílcar andaba a paso lento.

—¿Qué haré de estos viejos? —dijo—. Véndelos. Hay demasiados galos: son borrachos; y demasiados cretenses: son mentirosos. Cómprame capadocios, asiáticos y negros.

Quedó extrañado del poco número de niños.