... ese orgullo de la mujer honrada, que es como el rancio perfume de su honestidad...


¿Pesimista? ¿Optimista? ¡Sincero!


El pecado del hombre es la brutalidad; el de la mujer, la frivolidad.


En amor, no se puede creer a las mujeres ni cuando dicen que no; porque algunas, hasta entonces, mienten.


El Amor es como los manantiales: clara pureza de cristal, arriba; limos cenagosos en el fondo.