La columna se formó de nuevo en la sombra, al pie de los muros del castillo, y se puso en movimiento envolviendo por todas partes á Walter Schnaffs, agarrotado y sostenido por seis guerreros revólver en mano.
Se enviaron avanzadas para explorar el camino, y adelantaban con prudencia, deteniéndose de trecho en trecho.
Al amanecer llegaron á la subprefectura de la Roche-Oysel, cuya guardia nacional había llevado á cabo este hecho de armas.
La población esperaba ansiosa y sobrexcitada, y cuando distinguió el casco del prisionero, resonó inmenso clamor. Las mujeres levantaban los brazos, las viejas lloraban, un vejete cojo tiró su muleta al prusiano, y en vez de darle hirió en la nariz á uno de sus guardianes.
El coronel gritaba:
—Velad por la seguridad del cautivo.
Al fin llegaron al Ayuntamiento. La cárcel se abrió, y en ella metieron á Walter Schnaffs, libre de toda ligadura. Pero, alrededor del edificio montaron la guardia doscientos hombres armados.
Entonces, y á pesar de los síntomas de indigestión que desde hacía rato le atormentaban, el prusiano, loco de alegría, empezó á bailar, á bailar sin descanso, levantando los brazos, las piernas, y dando gritos frenéticos hasta que, agotadas sus fuerzas, cayó juntó á la pared.
¡Le habían hecho prisionero! ¡Estaba salvado!
Y así fué como el castillo de Champignet se rescató de manos del enemigo, después de seis horas de ocupación.