—¡Hermoso es esto!—dijo.—¡Verse amado así, es ideal! ¡Qué felicidad, vivir cincuenta y cinco años envuelto con ese afecto encarnizado y penetrante! ¡Cuán dichoso debió ser y cuánto debió bendecir la vida aquel á quien adoraron de este modo!

El médico sonrió.

—Efectivamente, señora, con respecto á este punto no se equivoca usted, porque el ser amado fué un hombre. Y usted le conoce: es el farmacéutico del burgo, el señor Chouquet... Y también ha conocido usted á la mujer: fué la vieja sillera, la que componía sillas y todos los años venía el castillo. Pero, voy á procurar explicarme mejor.

El entusiasmo de las mujeres había decaído y su contrariado rostro decía claramente «¡Bah!», como si el amor únicamente pudiese anidar en las almas de seres delicados y distinguidos, únicos que merecen interés á los aristócratas.

El médico continuó.

—Hace tres meses me llamaron para que asistiese á esa mujer en su lecho de muerte. La víspera había llegado en el carro que le servía de casa, que tiraba la yegua que ustedes conocen, y acompañada por sus dos grandes perros negros, sus amigos y guardianes. El cura ya estaba allí. Nos nombró sus albaceas testamentarios, y, para revelarnos el sentido exacto de sus voluntades, nos contó toda su vida. Yo no conozco nada tan singular ni más conmovedor.

Su padre había sido sillero, su madre sillera, y ella no había tenido nunca casa plantada en el suelo.

Desde pequeña, vagaba harapienta y sórdida, deteniéndose á la entrada de los pueblos y á lo largo de los fosos. Desenganchaban, pacía el caballo, dormía el perro con la cabeza entre las patas, y la niña se revolcaba por la hierba mientras sus padres, sentados á la sombra de los árboles del camino, arreglaban todas las sillas viejas de la localidad. Y en aquella morada ambulante se hablaba poco. Después de las palabras precisas para decidir quién recorrería las casas gritando «¡El sillero!», empezaban á preparar juncos y pajas uno frente á otro. Cuando la niña se iba demasiado lejos ó intentaba trabar relaciones con algún galopín de la aldea, la voz colérica del padre la llamaba con un «Quieres acercarte, sinvergüenza», que eran las únicas palabras tiernas que oía.

Cuando fué mayor la enviaron en busca de asientos de sillas averiados, y entonces hizo amistad con algunos chiquillos; pero esta vez eran los padres de sus nuevos amigos quienes llamaban brutalmente á sus rapaces diciéndoles: «Ven acá, sinvergüenza, y cuidado que te vuelva á pillar hablando con esa zarrapastrosa».

Á veces, los chicuelos la tiraban piedras.