Unas señoras la dieron unos cuartos que ella guardó cuidadosamente.

Un día,—tenía entonces once años—al pasar por esta comarca, encontró al pequeño Chouquet, que lloraba detrás del cementerio porque un compañero le había robado unos ochavos. Y las lágrimas de aquel burguesito, uno de aquellos pequeñuelos que su frágil cabecita de desheredada imaginaba siempre contentos y risueños, la revolvieron toda. Se acercó á él, y cuando se hubo enterado de las causas de su aflicción, le dió todas sus economías, treinta y cinco céntimos, que el chiquillo tomó enjugándose las lágrimas. Y entonces, loca de alegría, tuvo la audacia de darle un beso. Como él miraba los cuartos atentamente, se lo dejó dar, y ella, viendo que no la rechazaba ni pegaba, se hartó de besarle y luego echó á correr.

¿Qué pasó por su miserable cabeza? ¿Se consagró á aquel chiquillo porque le había sacrificado su fortuna de vagabunda ó porque le había dado su primer beso lleno de ternura? El misterio es siempre el mismo tanto para los pequeños como para los mayores.

Por espacio de meses y meses soñó con aquel rincón de cementerio y con aquel chiquillo; y con la esperanza de volver á verle, robó un día á sus padres cinco céntimos, otro día otros cinco, ora rebajándolos de una compostura, ora sisándolos cuando iba á comprar algo.

Y cuando volvió tenía dos francos; pero sólo pudo ver al pequeño farmacéutico, muy limpito y muy bien arreglado, tras los cristales de la tienda de su padre, entre un bocal rojo y una solitaria.

Y le quiso más y más, seducida, emocionada, extasiada ante la hermosura de aquella agua coloreada y aquella apoteosis de brillantes cristales.

Ella conservó su recuerdo indeleble, y cuando al año siguiente le encontró jugando á los bolos con sus compañeros detrás de la escuela, se arrojó sobre él, le estrechó entre sus brazos, y le besó con tanta violencia que él se puso á chillar. Entonces, para tranquilizarle, le dió su dinero: tres francos veinte céntimos, un verdadero tesoro que él miraba con ojos desmesuradamente abiertos.

Los tomó, y se dejó acariciar cuanto ella quiso.

Por espacio de cuatro años ella vertió en sus manos cuanto tenía, y él embolsaba los cuartos concienzudamente á cambio de los besos consentidos. Una vez fueron seis reales, otra vez dos francos, otra doce reales—ese día lloró de pena y de humillación, pero el año había sido muy malo—y, la última vez, cinco francos, una moneda grande y redonda que le hizo reir con alegría.

No pensaba más que en él, y él esperaba su regreso con impaciencia y al verla salía á su encuentro, lo que era causa de que el corazón de la niña latiese con violencia.