Después, él desapareció. Le habían enviado al colegio. Ella lo supo interrogando hábilmente, y entonces usó de infinita diplomacia para cambiar el itinerario de sus padres y hacerles pasar por aquí en época de vacaciones. Lo consiguió, pero después de un año de astucias. Hacía dos años que no le había visto y apenas logró reconocerle: tanto había cambiado, crecido, y tan guapo estaba con su chaqueta con botones dorados. Él fingió no verla y pasó orgulloso por su lado.

La pobrecita estuvo dos días llorando, y desde entonces sufrió sin cesar.

Volvía todos los años, y pasaba cerca de él sin atreverse á saludarle y sin que él se dignase fijar los ojos en ella. Le quería con delirio, y me dijo: «Es el único hombre que he visto en la tierra, señor doctor, y ni siquiera sé si los otros han existido».

Murieron sus padres, y ella continuó su oficio; pero en vez de un perro llevó dos, dos perros terribles que nadie se hubiera atrevido á desafiar.

Un día, al llegar á esta aldea, en donde había dejado su corazón, vió á una mujer joven que salía de la tienda de Chouquet apoyada en el brazo de su adorado. Era su mujer; se había casado.

Por la noche se arrojó á la charca que está en la plaza de la Alcaldía. Un borracho retrasado la sacó y la llevó á la farmacia. El hijo Chouquet bajó con bata para asistirla, y sin dar muestras de conocerla la desnudó, la friccionó y le dijo con voz dura: «¡Usted está loca! ¡No hay que llegar á esos extremos!».

Y eso bastó para curarla, ¡Él le había dirigido la palabra! Y se sintió dichosa...

Por más que ella insistió mucho para pagarle, él se negó á aceptar ninguna remuneración por sus cuidados...

Y así vivió siempre; arreglando sillas y pensado en Chouquet, á quien todos los años veía detrás de sus cristales. Ella se acostumbró á comprar en su casa los medicamentos, y así, le veía de cerca, le hablaba, y le daba dinero.

Como he dicho al principiar mi narración, murió esta primavera. Después que me hubo contado su triste historia, me rogó que entregase todas sus economías al que tanto había querido, economías que había reunido privándose hasta de comer, y sólo para que, después de muerta, tuviese que pensar en ella siquiera una vez.