Me dió dos mil trescientos veintisiete francos. Di al señor cura los veintisiete francos para los gastos del entierro, y me llevé los otros cuando hubo exhalado el último suspiro.
Al día siguiente fuí á casa de los Chouquet. Acababan de almorzar, uno frente á otro, colorados, oliendo de lejos á productos farmacéuticos, dándose importancia y satisfechos.
Me hicieron sentar, me ofrecieron un kirsch, y lo acepté: y con emoción sincera empecé mi discurso convencido de que les haría llorar.
En cuanto hubo comprendido que la vagabunda le había amado, la vagabunda, la sillera, Chouquet no pudo contener su indignación, como si hubiese manchado su fama, como si le hubiese robado la estima de las gentes honradas, su honor íntimo, algo delicado que hubiese preferido á la vida.
Su mujer, tan exasperada como él, repetía: «Esa mendiga, esa mendiga, esa mendiga», sin que acertase á decir otra cosa.
Él se había levantado, y, á grandes pasos, con el gorro griego caído sobre la oreja, iba de un extremo al otro de la habitación. Y balbució: «¿Se entiende esto, doctor? Para un hombre no puede darse nada más horrible. ¿Qué hacer? ¡Oh! Si hubiese podido figurármelo mientras vivió, la hubiera hecho prender por los gendarmes, meterla en la cárcel, de donde no habría salido más, lo aseguro».
El resultado de mi piadosa comisión me dejaba estupefacto. No sabía qué decir ni qué hacer; pero preciso era llegar al fin y añadí: «Me ha encargado que le entregue sus ahorros, que ascienden á dos mil trescientos francos; pero como lo que acabo de decir le es tan desagradable, lo mejor será que se distribuya ese dinero entre los pobres».
El hombre y la mujer me miraron sin saber lo que les pasaba.
Saqué el dinero del bolsillo, miserable dinero de todos los países y de todas las marcas, oro y calderilla mezclados, y luego pregunté:
—¿Qué deciden ustedes?