La señora Chouquet habló primero.
—Pero—dijo—puesto que es la última voluntad de esa mujer... me parece que no podemos negarnos á aceptar...
Y el marido, algo confuso, añadió:
—Con esto podríamos comprar algo para los chicos.
Y contesté con sequedad:
—Como ustedes quieran.
Entonces Chouquet agregó:
—Bueno, venga el dinero; ya encontraremos medio de emplearlo en una obra buena.
Yo entregué el dinero, saludé y salí.
Al día siguiente Chouquet vino á encontrarme y me dijo: «Esa... esa mujer ha dejado aquí su carro. ¿Qué hace usted de él?».